En 1900, el físico Max Planck estableció que la luz no podía desplazarse en cualquier cantidad, sino solo en "paquetes" de un tamaño pequeño, pero determinado e indivisible: los quanta. Se inició el espectacular desarrollo posterior de la física cuántica, exigiendo conceptos de imposible encaje en la forma tradicional de percibir y entender la naturaleza (por ejemplo, la identidad dual del fotón, como onda y como partícula a la vez). La concepción de la estructura íntima de la materia cambió con rapidez, con la proposición de diversos modelos atómicos (Niels Bohr, Ernest Rutherford, etc.) que reproducían una estructura íntima cada vez más compleja que se podía estudiar experimentalmente (desde la producción del electrón en los rayos catódicos hasta el estudio de la radiactividad -esposos Curie (Marie y Pierre Curie)- y los reactores atómicos -Enrico Fermi-). La enunciación del principio de incertidumbre (Heisenberg, 1927), junto con otras formulaciones de indeterminación, indecidibilidad o indiferencia en campos científicos (teoremas de la incompletitud de Gödel, 1930, paradoja de Schrödinger, 1935), que implicaban la renuncia a entender la realidad de forma determinista, trascendieron de lo meramente científico, y se convirtieron en una característica extensible a la producción intelectual, la visión del mundo y la experiencia vital en el convulso siglo XX: la revolución relativista, que se había iniciado con los cinco artículos que el joven físico Albert Einstein publicó en 1905. La física mecanicista de Isaac Newton, con sus conceptos absolutos de espacio y tiempo, quedaba restringida a un caso particular (si bien el más aplicable en la experiencia humana cotidiana) de la física relativista que identificaba tiempo y espacio (relativos en función del observador), materia y energía (con la popularizada fórmula E=mc²). La posición del hombre en un universo en expansión (Ley de Hubble, 1929), poblado de innumerables galaxias, se empequeñecía y relativizaba; al tiempo que se ponía en su mano la posibilidad de utilizar una capacidad de destrucción cuyas consecuencias éticas quizá no estuviera en condiciones de valorar.
viernes, 25 de octubre de 2013
Revolución relativista
En 1900, el físico Max Planck estableció que la luz no podía desplazarse en cualquier cantidad, sino solo en "paquetes" de un tamaño pequeño, pero determinado e indivisible: los quanta. Se inició el espectacular desarrollo posterior de la física cuántica, exigiendo conceptos de imposible encaje en la forma tradicional de percibir y entender la naturaleza (por ejemplo, la identidad dual del fotón, como onda y como partícula a la vez). La concepción de la estructura íntima de la materia cambió con rapidez, con la proposición de diversos modelos atómicos (Niels Bohr, Ernest Rutherford, etc.) que reproducían una estructura íntima cada vez más compleja que se podía estudiar experimentalmente (desde la producción del electrón en los rayos catódicos hasta el estudio de la radiactividad -esposos Curie (Marie y Pierre Curie)- y los reactores atómicos -Enrico Fermi-). La enunciación del principio de incertidumbre (Heisenberg, 1927), junto con otras formulaciones de indeterminación, indecidibilidad o indiferencia en campos científicos (teoremas de la incompletitud de Gödel, 1930, paradoja de Schrödinger, 1935), que implicaban la renuncia a entender la realidad de forma determinista, trascendieron de lo meramente científico, y se convirtieron en una característica extensible a la producción intelectual, la visión del mundo y la experiencia vital en el convulso siglo XX: la revolución relativista, que se había iniciado con los cinco artículos que el joven físico Albert Einstein publicó en 1905. La física mecanicista de Isaac Newton, con sus conceptos absolutos de espacio y tiempo, quedaba restringida a un caso particular (si bien el más aplicable en la experiencia humana cotidiana) de la física relativista que identificaba tiempo y espacio (relativos en función del observador), materia y energía (con la popularizada fórmula E=mc²). La posición del hombre en un universo en expansión (Ley de Hubble, 1929), poblado de innumerables galaxias, se empequeñecía y relativizaba; al tiempo que se ponía en su mano la posibilidad de utilizar una capacidad de destrucción cuyas consecuencias éticas quizá no estuviera en condiciones de valorar.
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