Un
Telón de Acero (metáfora debida a Winston Churchill) dividió Europa, y por extensión el mundo, separándolo en dos
bloques,
entre los que se situaban de varias zonas de influencia disputada y que
se transformaron en puntos de fricción internacional. Ante el temor de
suscitar crisis que amenazaran con desencadenar un enfrentamiento
directo, como podría haber ocurrido durante el
bloqueo de Berlín (1949) o la
crisis de los misiles en Cuba (1962); la lógica de la
guerra fría
planteaba conflictos en zonas periféricas, de gran violencia, pero que
no significaban un choque directo entre las dos superpotencias, como la
guerra de Corea (1950-1953) y la
guerra de Vietnam (1958-1975). No obstante, las sucesivas ampliaciones de la zona de influencia soviética (victoria del bando comunista en la
guerra civil china, 1949,
revolución cubana, 1959, descolonización africana) fue vista con preocupación desde el bloque occidental (
teoría del dominó),
que justificó la necesidad de intervenir en todo tipo de conflictos
donde se identificase la posibilidad de avance soviético (
doctrina Truman). De hecho, la obsesión por la
infiltración comunista se aplicaba al interior de los Estados Unidos, donde entre 1950 y 1956 se desató una
caza de brujas (
macarthismo) entre políticos, científicos, artistas e intelectuales. La
propaganda y
contrapropaganda, la intoxicación o
desinformación, el
espionaje y
contraespionaje (tanto de
inteligencia militar como
político o
industrial ), las figuras del
agente encubierto y del
agente doble, fue parte esencial de la diplomacia de la época (
KGB,
CIA,
UKUSA,
Echelon, etc.). Las
novelas y películas de espías se convirtieron en un género popular (
El tercer hombre,
Carol Reed, 1949;
Ian Fleming y su personaje
James Bond, etc.).
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