En
1989, la acumulación de energías llegó al punto necesario para el estallido revolucionario (la
revolución de 1989). En
Alemania Oriental,
la evidente pérdida de apoyo soviético a los dirigentes comunistas
locales, les enfrentó a una movilización popular que, a diferencia de
ocasiones anteriores, no fue reprimida, y cuya fuerza mediática,
simbolizada en los martillazos de la multitud festiva derribando el
Muro de Berlín llegó a los receptores de televisión de todo el mundo. Los hechos más violentes tuvieron lugar en
Rumania, donde la represión fue más dura por la resistencia a abandonar el poder por parte de
Nicolae Ceausescu (el dirigente más autónomo del bloque del este, que hasta entonces gozaba de una especial consideración de
mediador ante los occidentales) que fue fusilado sumariamente en lo que igualmente fueron otras imágenes mundialmente difundidas.
Las relaciones entre los dos bloques evidenciaron el final de la Guerra fría por la victoria del occidental, con hitos como la
Cumbre de Malta (2 y 3 de diciembre de 1989) y la
Carta de París (19-21 de noviembre de 1990).
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