En 1985
Mijaíl Gorbachov fue nombrado
Secretario General del
Partido Comunista de la Unión Soviética,
en una renovación generacional de la cúpula dirigente que llevó a la
liquidación de la Guerra Fría y a reformas liberalizadoras en el
interior del régimen soviético, que recibieron los nombres de
perestroika (reestructuración) y
glásnost (apertura o transparencia). El
tratado de desarme
de 1987 significó el final de la carrera armamentista. Entre tanto,
aumentaba la agitación interna, desatada tanto por las resistencias de
los partidarios del mantenimiento intacto de las prácticas estalinistas (
nostálgicos o
conservadores)
como por la impaciencia de los antiguos disidentes y los oportunistas
que vieron llegado el momento de optar por cambios radicales (que para
algunos se limitarían al establecimiento de un
socialismo democrático y para otros deberían significar la
transición a un sistema liberal-capitalista
homologable con Occidente). Las tímidas reformas económicas no
solucionaron los tradicionales problemas de abastecimiento y aumentaron
el descontento de la población, que ya no se ocultaba como en épocas
anteriores de mayor penuria. En los países de la órbita comunista, la
pérdida de confianza entre los regímenes locales y los nuevos dirigentes
soviéticos estimuló los movimientos cada vez más atrevidos de la
oposición clandestina.
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