La Edad Micénica
En el
borde sudoriental de Europa, adentrándose en el mar Mediterráneo, hay
una pequeña península a la que llamamos Grecia. Montañosa y árida, con
una línea costera dentada y pequeñas corrientes. A lo largo de toda su
historia, Grecia siempre ha estado rodeada de Estados más grandes, más
ricos y más poderosos. Sí sólo se consulta el mapa, en comparación con
sus vecinos, siempre parece una tierra pequeña y sin importancia.
Sin
embargo, ningún pueblo ha dejado en la historia una huella más profunda
que los griegos; escribieron fascinantes relatos sobre sus dioses y
héroes y aún más fascinantes relatos sobre sí mismos. Construyeron
hermosos templos, esculpieron maravillosas estatuas y escribieron
magníficas obras de teatro. Dieron algunos de los más grandes pensadores
que ha tenido el mundo. Nuestras ideas modernas sobre política,
medicina, arte, drama, historia y ciencia se remontan a esos antiguos
griegos. Aún leemos sus escritos, estudiamos sus matemáticas, meditamos
sobre su filosofía y contemplamos asombrados hasta las ruinas y
fragmentos de sus bellos edificios y estatuas. Toda la civilización
occidental desciende directamente de la obra de los antiguos griegos, y la historia de sus triunfos y desastres nunca pierde su fascinación.
Cnosos
En una época bastante anterior al 2000 a. C., tribus de pueblos grecohablantes
comenzaron
a desplazarse hacia el Sur desde la región noroeste de la península
Balcánica, hasta la tierra que luego sería Grecia. Por entonces, las
tribus griegas aún elaboraban herramientas de piedra, pues no se había
desarrollado el uso del metal. Pero al sur de la península estaba la
isla de Creta; con una superficie de unos 8.300 kilómetros cuadrados, es
un poco mayor que la mitad del Estado de Connecticut, pero era mucho
más importante, en aquel tiempo, de lo que cabría suponer por su tamaño.
Alrededor del 3000 a. C., su pueblo usaba el cobre y había comenzado a
construir barcos.
Rodeadas
por el mar, las ciudades cretenses debían desarrollar la navegación para
comerciar con las naciones de las costas continentales del Sur y del
Este.
Las flotas de guerra se desarrollaron para proteger a esos barcos de modo que
Creta se
convirtió en la primera potencia naval de la historia. Hacia el 2000 a.
C., la isla se unió bajo una monarquía fuerte. Durante siglos, la armada
la protegió contra las invasiones. Las ciudades de la isla prosperaron y
no necesitaron murallas para su defensa. Sus gobernantes construyeron
lujosos palacios, realizaron grandes fiestas con elaborados rituales
-entre ellos combates taurinos- y crearon bellas obras de arte que aún
podemos ver y admirar.
Los
griegos de épocas posteriores guardaron un oscuro recuerdo de esa
antigua tierra que dominaba los mares cuando ellos acababan de entrar en
Grecia. En sus mitos, hablaban de un poderoso rey Minos que había
gobernado Creta.
A
principios de 1893 el arqueólogo inglés, Arthur John Evans, llevó a cabo
una serie de excavaciones en Creta que pusieron al descubierto los
restos sepultados de la gran civilización que había existido miles de
años antes. En particular, encontró los restos de un magnífico palacio
en el emplazamiento de la antigua ciudad de Cnosos, donde se suponía que
había gobernado el rey Mínos. Por eso, el período de la grandeza de
Creta fue llamado la Edad Minoica, en honor al más grande de sus reyes.
Esta era se extiende desde alrededor del 3000 a. C. hasta
aproximadamente el 1400 a. C.
La
civilización cretense se expandió por las islas del Egeo hacia el Norte,
y hasta llegó a la tierra firme europea. Cuando las tribus griegas
aprendieron las lecciones de civilización de los cretenses, se hicieron
más poderosas, crearon ciudades propias cada vez mayores y comenzaron a
comerciar con sus vecinos. Pero los griegos siempre tuvieron que estar
preparados para resistir las invasiones de las tribus aún no civilizadas
del Norte. Por ello, rodearon sus ciudades de grandes murallas.
La parte
más meridional de Grecia es la más cercana a Creta, por lo cual fue la
que sufrió la mayor influencia civilizadora. Esa parte está casi
totalmente separada del resto de Grecia por un estrecho brazo del mar
Mediterráneo. Está unida al resto de Grecia por una angosta franja de
tierra, o istmo, de unos 32 kilómetros de largo y, en algunos puntos,
sólo unos 6 kilómetros de ancho. Esta península meridional de Grecia era
llamada el Peloponeso en la antigüedad, que significa «la isla de
Pélops» (pues es casi una isla), porque se creía que en tiempos
primitivos había estado gobernada por un legendario rey llamado Pélops.
En la
región noreste de la península había tres ciudades importantes: Micenas,
Tirinto y Argos. A unos sesenta y cinco kilómetros al sur de estas tres
ciudades está Esparta, y a unos treinta kilómetros al norte, Corinto.
En la costa occidental del Peloponeso se hallaba la ciudad de Pilos.
Corinto
se encuentra exactamente en el extremo sudoeste del istmo, que, por esta
razón, recibe el nombre de istmo de Corinto. El brazo de mar que está
al norte del Peloponeso es el golfo de Corinto. Al noreste del istmo
estaban las ciudades de Atenas y Tebas, pero en aquellos lejanos días
estas ciudades cercanas al Peloponeso eran relativamente pequeñas y sin
importancia. Al hacerse más fuertes, cundió el descontento entre los
griegos continentales por la dominación cretense y se rebelaron contra
ella. Los griegos de épocas posteriores conservaban el recuerdo de un
héroe ateniense, Teseo, que puso fin al tributo que Atenas pagaba a
Creta.
Los
griegos lograron derrotar a la armada cretense y dieron fin a los muchos
siglos de dominio cretense sobre la tierra firme. Recibieron la ayuda
de algún desastre, probablemente un terremoto, que destruyó Cnosos por
el 1700 a. C.
Finalmente,
alrededor del 1400 a. C., los griegos atacaron Creta, se apoderaron de
Cnosos y destruyeron el palacio. Este fue reconstruido más tarde, pero
Creta nunca recuperó su poder.
Micenas y Troya
La
influencia de los griegos continentales siguió expandiéndose. La ciudad
más poderosa de la época era Micenas, por lo que el período de la
historia griega comprendido entre 1400 y 1100 a. C. es llamada la Edad
Micénica. Las flotas micénicas se esparcieron por el mar Egeo para
comerciar, y a menudo llevaban colonos o guerreros para extender su
influencia por la ocupación o la fuerza. Se apoderaron totalmente de
Creta en 1250 a. C. y se establecieron en la isla de Chipre, en la parte
noroeste del Mediterráneo, a unos 500 kilómetros al este de Creta.
Hasta entraron en el mar Negro, al noroeste del Egeo.
Los
griegos de edades posteriores consideraban esta Edad Micénica como un
período heroico, en el que grandes hombres (supuestamente hijos de
dioses) llevaron a cabo impresionantes hazañas. La primera entrada en el
mar Negro fue descrita en la forma de la historia de Jasón, quien
navegó hacia el noroeste en el barco Argos impulsado por cincuenta
«argonautas» remeros. Después de superar grandes peligros, este barco
llegó al extremo oriental del mar Negro para conseguir y llevarse un
vellocino de oro. Este «vellocino de oro» bien podría ser la versión
novelesca de lo que los argonautas buscaban realmente: la riqueza que
brinda una expedición comercial de éxito.
Todo
pueblo que dominase los estrechos del Helesponto y el Bósforo estaba en
condiciones de controlar el rico comercio del mar Negro. Podía cobrar
peajes por el paso, y hasta elevados peajes. En tiempos micénicos, la
región estaba gobernada por la ciudad de Troya, ubicada sobre la costa
asiática, en el extremo sudoeste del Helesponto. Los troyanos se
enriquecieron e hicieron poderosos gracias al comercio del mar Negro, y
los griegos micénicos se sintieron cada vez más descontentos por esa
situación. Finalmente, decidieron apoderarse de los estrechos por la
fuerza, y aproximadamente en el 1200 a. C. (1184 a. C. es la fecha
tradicional que daban los griegos posteriores) un ejército griego puso
sitio a Troya y, por último, la destruyó.
El ejército griego, según la tradición, estaba conducido por Agamenón, rey de
Micenas y
nieto de aquel Pélops de quien había recibido su nombre el Peloponeso.
El relato de algunos episodios de ese sitio lo realizó (o le dio su
forma final) un poeta a quien la tradición llama Homero y que vivió y
escribió por el 850 a. C. El largo poema épico La Ilíada (de
Ilión, otro nombre de la ciudad de Troya) relata la historia de la
querella entre Agamenón, jefe del ejército, y Aquiles, el mejor de sus
guerreros.
Otro poema, La Odisea,
presuntamente también de Homero, cuenta las aventuras por las que pasó
Odiseo (o Ulises), uno de los guerreros griegos, durante los diez años
en los que deambuló después de terminar la guerra. Son considerados no
sólo las primeras producciones literarias griegas, sino también las más
grandes. El relato de Homero está lleno de sucesos sobrenaturales. Los
dioses intervienen constantemente en el curso que toman las batallas y a
veces hasta se unen al combate. Hasta hace un siglo, los sabios
modernos consideraban que los poemas homéricos eran sólo fábulas.
Estaban seguros de que nunca había existido realmente la ciudad de Troya
ni se había producido sitio alguno. Estaban convencidos de que todo
ello era invención y mito de los griegos. Pero un joven alemán llamado
Heinrich Schliemann, nacido en 1822, leyó los poemas homéricos y se
sintió fascinado por ellos. Estaba seguro de que eran historia verdadera
(excepto en lo concerniente a los dioses, claro está). Su sueño era
excavar las antiguas ruinas en las que había estado Troya y hallar la
ciudad descrita por Homero.
Argivos y aqueos
En sus
poemas, Homero usa dos palabras para referirse a los griegos: argivos y
aqueos. Evidentemente, se trata de nombres tribales. El gobierno de
Agamenón se centraba en las ciudades de Micenas, Tirinto y Argos. En
tiempos de Homero, Argos se había convertido en la más poderosa de las
tres, de modo que era natural que considerase a Agamenón como un argivo.
Aunque Agamenón dirigió el ejército griego, no gobernaba a todos los
griegos como rey absoluto, pues otras regiones tenían sus propios reyes.
Pero los otros reyes, en particular los del Peloponeso, concedían a
Agamenón el primer lugar. La ciudad de Esparta estaba gobernada por
Menelao, hermano de Agamenón.
Más aún,
Agamenón suministró barcos a las ciudades del interior del Peloponeso,
las cuales, al no poseer acceso al mar, no tenían barcos propios. El
término argivos, pues, quizás incluyera a todos los habitantes del
Peloponeso.
A unos 80
kilómetros al norte del golfo de Corinto, hay un sector de la costa
egea que forma la parte más meridional de una gran llanura habitada
antaño por gentes llamadas aqueos. Jasón era un aqueo, según la leyenda,
y lo mismo Aquiles. Al parecer, los aqueos no estaban tanto bajo la
férula de Agamenón como los argivos del Peloponeso. Aquiles riñó con
Agamenón y se retiró altaneramente del combate cuando sintió que sus
derechos no habían sido respetados. Actuó como si fuera un aliado
independiente, no como un subordinado. Los aqueos, que vivían bastante
más al norte que los argivos, estuvieron menos expuestos a la influencia
civilizadora de Creta y eran más salvajes. Aquiles es descrito como un
hombre colérico, que no vacilaba en abandonar a sus aliados en un ataque
de furia. Más tarde, cuando el enemigo provoca su ira nuevamente, se
lanza a la batalla de la manera más feroz.
Los
miembros de una de las tribus aqueas se llamaban a sí mismos helenos, y
la región en que vivían era la Hélade. Aunque sólo son mencionados
casualmente en un verso de La Ilíada, probablemente es un indicio de la
temprana importancia de los aqueos el que esos nombres se difundieran
hasta incluir a toda Grecia.
A lo
largo de toda la historia, desde la Epoca Micénica, los griegos han
llamado a su tierra la «Hélade» y a sí mismos helenos. Aún ahora el
nombre oficial del
moderno reino de Grecia es la Hélade

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