Hacia el año 62, el sumo sacerdote del judaísmo, Aniano,
hizo prender al apóstol Santiago, que regía la iglesia de Jerusalén, y le
ajustició. Uno de sus hermanos, Simón, fue llamado a sucederle, pero la
situación política de Palestina se agravaba y los conflictos internos del
hebraísmo eran cada día mayores. De los apóstoles vivía tan sólo Juan, el
evangelista, que se había trasladado a Éfeso, iglesia matriz de muchas de Menor y Gracia, donde se
manifestaban brotes gnósticos.
Bajo el gobierno de Vespaciano el cristianismo siguió
extendiéndose, hasta que, en el año 90, Domiciano inició una nueva persecución.
Juan fue llevado primero a Roma y desterrado luego a la isla de Patmos, donde
escribió el "Apocalipsis" y algunas de sus cartas. Bajo el imperio de
Nerva, de quien dice su biógrafo Xifilino que "no permitió que se acusase
a nadie por haber observado las ceremonias de la religión judaica o haber descuidado
el culto de los dioses, pudo regresar Juan a Éfeso, y pocos años después
falleció, de edad muy avanzada. Con su muerte concluye la etapa apostólica.
La
Iglesia
perseguida.
Al principio, los romanos consideraron el cristianismo como una nueva secta
judía. Aparte de las esporádicas persecuciones de Nerón y Domiciano, durante el
siglo I los cristianos tuvieron que enfrentarse con mayor frecuencia con la
animadversión de los escribas y fariseos, rectores del judaísmo, que con las
autoridades romanas. Cuando Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, consultó al
emperador Trajano (98-117) la conducta que debía observarse con los cristianos,
que según sus informaciones, acostumbraban a reunirse ciertos días muy de
mañana, "entonan un himno a
Cristo, como a un Dios... y con juramento se obligan a no cometer delitos... Se
reúnen después, al atardecer, para tomar en común un alimento inocente..."
Y aludía implícitamente a la creencia difundida por espíritus interesados en
desprestigiar el cristianismo, de que en sus reuniones secretas los cristianos
"iniciados" se entregaban a misteriosas orgías. Para evitar la
profanación del misterio eucarístico y las especulaciones malévolas sobre la Trinidad, la iniciación
cristiana exigía a los fieles reserva en la manifestación de algunos actos
litúrgicos, incluso con los catecúmenos.
Los gentiles asimilaban las reuniones nocturnas de los
cristianos a ritos orientales de los "misterios", como los de Eleusis
y Samos, enraizados en las prácticas mágicas, los misterios de Cibeles, los de
Isis, originarios de Egipto, o los de Mitra, procedentes de Persia, que
alcanzaron notable difusión incluso en España y en especial en la costa
catalana. Pero si antes Trajano pudo contestar a Plinio que el cristianismo era
en sí un crimen y que los acusados convictos debían ser condenados a muerte,
siempre que hubiera un acusador anónimo, era principalmente por negar el culto
al emperador y a los dioses del panteón romano. No obstante, Trajano no
entendía que la justicia romana debiera dedicarse a descubrir cristianos y
atender acusaciones anónimas, ni menos aún entregarse a una persecución
general. Y esta respuesta de Trajano sirvió de norma hasta Cómodo (180 d.C.).
Desde Cómodo se acentúa la persecución estatal del
cristianismo en el mundo romano, que dura hasta el año 313, aunque con algunos
intervalos de paz prolongados. Las persecuciones sistemáticas suelen seguir a
la promulgación de un edicto, establecido con fines preconcebidos de
exterminio. Así, por ejemplo, el de Septimio Severo (201 d.C.) que prohibía las
conversiones, el de Decio contra los sospechosos, o el de Valeriano, que
suprimía las asambleas cristianas, pasando sus bienes al Estado. Decio por odio
a su predecesor Filipo (244-249), protector de los cristianos, desencadenó la persecución
más violenta que hasta entonces había experimentado la Iglesia. Su biógrafo,
Zonaro, en la " Augusta", puntualiza que
"bajo su reinado" (249-251) recibieron la corona del martirio Fabián,
obispo de Roma, Babylas, obispo de Antioquía y Alejandro, obispo de Jerusalén.
Es decir, los prelados de las sedes de mayor de la cristiandad.
La victoria de Constantino frente a Majencio, obtenida
gracias al signo de la cruz, abría a los cristianos el paso a la liberad de
acción, decidida en el llamado Edicto de Milán (313). De hecho, la medida
adoptada por Constantino y Licinio de común acuerdo, significaba la plena liberad
de cultos en el imperio. Era el primer eslabón de una cadena que en el año 380
llevó a Teodosio a declarar, en el Edicto de Tesalónica, "la religión del
apóstol Pedro", religión del imperio romano. El cristianismo pasaba de la
clandestinidad al rango de religión imperial.
El cristianismo, de culto libre pasa a
ser religión de Estado.
La vida conyugal era la más corriente, en los primeros siglos, entre los cristianos
laicos o no. La virginidad se apreciaba mucho, no obstante, por constituir un
sacrificio amoroso de la vida a Cristo. Ciertas vírgenes concertaban con los
ascetas un casamiento espiritual que implicaba demasiada intimidad para que San
Cipriano lo juzgara procedente. Estas vírgenes, o feninæ subintroductæ, solían
llevar, con todo, una vida rigurosa y casta. Algunas viudas o vírgenes, de
probadas virtudes, recibían cierta consagración y eran elevadas al orden
diaconal. Las diaconisas catequizaban a las catecúmenas y auxiliaban a
los sacerdotes y obispos en distintos servicios litúrgicos y sociales.
En la época apostólica, únicamente al obispo se le exigía
que se hubiera casado una sola vez. Estaba prohibido el matrimonio a quien se
hubiera ordenado de diácono, pero si se había casado con anterioridad a su
ordenación, podía seguir haciendo vida conyugal. Desde los primeros años del
siglo IV se insistió ya en el celibato eclesiástico con carácter preceptivo. El
concilio de Elvira (Granada, año 309) prescribía a los clérigos casados la
continencia. A lo largo del mismo siglo, sucesivos concilios insistieron en la
continencia absoluta. El celibato, que empezó siendo un consejo, acabó, antes
de finalizar el siglo IV, en precepto.
La
Jerarquía
de la Iglesia Católica. Los obispos de sedes vecinas,
situados claramente en un plano superior al resto del clero en el siglo II,
empezaron pronto a reunirse. Ocasión propicia para estas reuniones era la
consagración de un nuevo obispo, cuando una de estas sedes quedaba vacante. La
elección del obispo la hacían con el clero y el pueblo de la ciudad, y
procedían luego a consagrar al elegido. Esta reunión sinodal implicaba un cambio
de impresiones entre los prelados y era de hecho, un pequeño concilio. Poco a
poco se afirmó la autoridades de las "iglesias madres" sobre aquellas
a que habían dado lugar, y la de las sedes "provinciales" sobre las
ubicadas en la provincia administrativa secular. La administración civil del
mundo romano sirvió de base para la eclesiástica. El obispo de la importante
sede de Alejandría, por ejemplo, con la libertad de acción adquirida en año
313, ejerció autoridad sobre la provincia de Egipto, del mismo modo que en
orden civil la ejercía el prefecto.
La autoridad suprema del obispo de Roma, que defendía ya
San Cipriano, había empezado por ser efectiva en Italia desde que San Pedro
fundó esta comunidad cristiana. El traslado de la sede imperial a
Constantinopla y poco después del edicto de la concesión de la libertad de
cultos, hizo que el obispo de Roma afianzara cada día más su autoridad primera. Los obispos de las sedes orientales más
importantes, en cambio, tuvieron del emperador mayor apoyo, pero también
sujeción, o por lo menos, intervención más estricta. La Iglesia Oriental
siempre estuvo más sujeta al poder del emperador que la Occidental. En Oriente,
había empezado ya la evangelización de las comarcas agrícolas, desde las zonas
de influencia urbana. El cristianismo había dejado de ser una religión limitada
a los núcleos urbanos del Mediterráneo para extenderse por las zonas
campesinas, mucho más "tradicionales" y menos preparadas para
recibirlo.
Para la evangelización del campo, en Oriente se creó un elemento jerárquico nuevo, intermedio entre el
obispo y el clero: jorepiscopado. Los jorepiscopoi eran misioneros
consagrados por el obispo urbano con el fin de evangelizar la campiña y aunque,
según parece, no tenían auténtico carácter episcopal, se les concedía
facultades episcopales para poder realizar su misión con mayor efectividad.
Muy pronto surgieron conflictos jurisdiccionales entre los obispos de aldea y
los de la ciudad, y aquellos creados como superintendentes al servicio de
éstos, intentaron independizarse de la tutela urbana, acabando por ser
suprimidos hacia el siglo IX.
Las relaciones de la Iglesia con la autoridad secular, fueron en
aumento desde el 313. La influencia del cristianismo, se dejaba sentir en todas
las capas sociales y pesaba en el imperio como fuerza coherente. Es más, se
intensificó de tal modo en pocos años que cuando el emperador Juliano (363)
quiso, en su año y medio de reinado, dar nuevo vigor al paganismo y perseguir a
los cristianos, se encontró prácticamente solo en su intento y fracasó. La religión estatal vio mermados sus
cimientos con la política de tolerancia hasta tal punto que en el año 380, se
la suplantó por el cristianismo. Los sacrificios paganos fueron prohibidos
y en el año 391 todos los templos paganos quedaban cerrados al culto.
Las fuerzas latentes del paganismo hicieron un esfuerzo
supremo para sobrevivir, pero sucumbieron definitivamente en el 392 por obra
del emperador Teodosio, primer emperador cristiano. Incluso el culto privado a
los dioses lares fue prohibido y castigado. San Ambrosio, consejero del
emperador, tuvo el tacto suficiente para que los paganos fueran respetados en
sus personas y en sus cargos, pero muchos templos en cambio, fueron derruidos y
las estatuas de dioses y diosas, destruidas. Se pudo decir que los dioses
pagaron por los hombres. El imperio
romano desde entonces, se convirtió en un imperio cristiano y siguió siéndolo
hasta mediados del siglo XV en que su heredero, el imperio bizantino o romano
oriental, sucumbió ante las fuerzas de los turcos otomanos.
El emperador, desde los últimos años del siglo IV, había
dejado de ser considerado un ser divino, pero recibía el título de isapóstolos,
"igual a los apóstoles, y se convertía en protector de la nueva religión
estatal. Los obispos pasaron a ocupar cargos estatales y cuando las invasiones,
se erigieron en defensores de sus ciudades. Los días festivos de la Iglesia
fueron fiestas oficiales.
Un problema nuevo se había presentado a la Iglesia: el de sus
relaciones con el estado católico. Las crisis internas que experimentaría la Iglesia en el proceso
definidor del dogma, facilitarían la intromisión del emperador o, si se quiere,
el intervencionismo del poder civil.
Tal vez la más trascendente de estas crisis, en aquellos
siglos, fue el arrianismo, porque adquirió gran difusión y sus consecuencias se
dejaron sentir en la Iglesia
hasta el siglo VII. Cinco escuelas cristianas, las de Alejandría, Antioquía,
Roma, Edesa y Jerusalén, se habían consolidado a comienzos del siglo IV,
manifestando características que les daban plena personalidad. La de
Alejandría, en Egiptp, de tendencia alegorizante y mística, se hallaba en el
extremo opuesto a la de Antioquía, en Siria, literalista (en la interpretación
de la Biblia)
y partidaria de los datos positivos y concretos.
El maestro de esta última Luciano (+ 312), intentó
establecer un texto bíblico más fidedigno, y parece ser que esto le llevó a un
monoteísmo riguroso, que influyó en la doctrina de Arrio (+ 336), sacerdote de
Alejandría, quien propugnaba la creencia de un Dios único, eterno e
incomunicable y negaba la divinidad del Hijo o Verbo encarnado. La postura de
Arrio, buen predicador y culto, hizo muchos adeptos. De aquí que el patriarca
Alejandro de Alejandría, hacia el 310, escribiera una extensa carta al
patriarca Alejandro de Constantinopla, poniéndole en guardia sobre tal postura.
En esta carta hallamos la mejor definición coetánea del arrianismo. Se expresa
así: "Dicen (los arrianos) que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no
existía y que ha empezado a existir, siendo así que no existía antes; y que
cuando nació, fue engendrado de la misma manera que lo son todos los hombres.
Pues Dios, dicen, lo ha creado todo de la nada. De modo que ellos (los
arrianos) comprenden al propio Hijo de Dios en esta creación de todos los seres
inteligentes o sin razón.
En consecuencia, declaran, el Hijo de Dios poseía una naturaleza
sujeta a cambios, capacitada para obrar el bien y el mal... Y con esta hopótesis
de que el hijo ha sido creado de la nada, destruyen las enseñanzas de las
Escrituras que proclaman la inmortalidad del Verbo, la divinidad de la Sabiduría del Verbo, es
decir, de Cristo". Esta doctrina reunió, en el 343, un sínodo en
Alejandría y exiló a su sacerdote Arrio, el obispo de Nicomedia, Eusebio,
discípulo de San Luciano, le acogió. Y así se inició una viva polémica doctrinal
con San Atanasio.
Entre los padres de la Iglesia de esta época, destacan las figuras de
San Jerónimo (342-420) y San Juan Crisóstomo (347 - 407). El primero, gran
erudito latino, conocedor del griego, hebreo y arameo, tradujo al latín y
revisó el texto del Antiguo Testamento. Su traducción, hecha a petición del
papa Dámaso (quien declaró explícitamente inalterable el canon católico de la Biblia en el Concilio
Romano de 382, pasó a la posteridad conocida por La Vulgata y fue el de la Biblia adoptado por la Iglesia medieval de
Occidente en la liturgia y base de las citas bíblicas de los autores
eclesiásticos de la latinidad.
El patriarca de Constantinopla, Juan
"Crisostomo", se distinguió por la elocuencia y fortaleza de sus
sermones y escritos, que le valieron el sobre nombre de Crisóstomo, Boca de
Oro, con que fue conocido ya en su tiempo. La severidad y austeridad que le caracterizaban
le ocasionaron muchos sinsabores y el destierro en un lugar desértico a orillas
del Mar Negro, donde murió.
La exégesis de los textos bíblicos de ambos Testamentos
le lleva a escribir: "El estudio profundo de la Sagrada Escritura
es un tesoro... Bajo las palabras que contiene, encierra grandes riquezas.
Debemos por tanto recorrerla y escrutarla con atención. Obtendremos así gran
provecho". "La asidua lectura de las divinas Escrituras nos hace
obrar pensando siempre en las divinas promesas. Nos mueve a que nos
entreguemos, con renovadas ansias a la ardua labor de la virtud".
Expansión del cristianismo: En los siglos IV y V, el imperio
romano perdió buena parte de su extensión en Occidente y se transformó en
oriental bizantino. Se suele señalar como sintomática la fecha del año 476,
pero de hecho la invasión y cuarteamiento del imperio había empezado mucho
antes (406). Un grupo de pueblos, originarios de Escandinavia, los germanos,
desde Europa central se había lanzado a la conquista de los despojos de Roma.
De estos pueblos, los visigodos fueron cristianizados por el obispo Ulfilas,
pero el arrianismo arraigó en ellos hasta que pasaron a la ortodoxia en el 589.
Burgundios y vándalos eran también arrianos. Los suevos, el 408, eran en parte
todavía paganos y estuvieron vacilando entre el arrianismo y la ortodoxia hasta
que hacia el 560, optaron por la última.
Los ostrogodos, cuando en 489 se apoderaron de Italia,
practicaban ya el arrianismo, pero su rey Teodorico se esforzó para evitar
roces con los católicos. Los francos, en cambio, paganos, pasaron directamente
a la ortodoxia, el 496, con el bautismo de su rey Clodoveo. (" Adore
tout ce que tu as brûlé, et brûle tout ce que tu as adoré"...."Adora
todo aquello que has quemado y quema todo aquello que has adorado..." )
Los germanos, no obstante, constituían la minoría
dirigente. La mayor parte del campo contaba aún con poblaciones indígenas
paganas. En las ciudades, la mayoría era cristiana. Cuando los vándalos pasaron
al África, en el 429, hicieron que a la jerarquía episcopal ortodoxa se sumara
una jerarquía arriana. Muchas ciudades del África vándala tuvieron
simultáneamente obispo ortodoxo y obispo arriano. Cerca de cinco mil católicos
fueron exilados por el monarca vándalo Hunirico y uno de sus sucesores,
Trasamundo (496- 523), exiló a la isla de Cerdeña 120 obispos. Cuando el 534
los bizantinos recuperaron la provincia de África, el catolicismo se hallaba
diezmado. La invasión musulmana, a mediados del siglo VII, acabó de arruinarlo.
El cristianismo se desarrolló con lentitud como un
movimiento autónomo. En calidad de grupo surgido del judaísmo, existió de forma
inestable dentro del Imperio romano. Cuando se estableció de forma
independiente del judaísmo, su doctrina como único medio de salvación condujo a
un conflicto esporádico con la autoridad imperial. Durante varios siglos, dado
que el movimiento cristiano creció por todo el imperio, las iglesias regionales
fueron perseguidas cada cierto tiempo, y los cristianos fueron martirizados.
Hacia el año 313, con el edicto de Milán, los cristianos se establecieron
legalmente como religión bajo el imperio. Durante el reinado de Constantino, a
lo largo de la década siguiente, la Iglesia consiguió una posición social
privilegiada. Durante los tres primeros siglos, el movimiento cristiano se
preocupó por mantener la identidad religiosa y asegurarse la integridad social.
A partir de entonces, la Iglesia, que había sufrido a manos del Estado, se unió
a esa institución. Desde esa época la relación entre la Iglesia y el Estado
empezó a desarrollarse de forma diferente en las principales instancias del
imperio.
El Cristianismo en el Imperio
Bizantino. En
Oriente, cuyo centro era Constantinopla, los cristianos evolucionaron hacia una
postura de relativa subordinación al Estado. Mientras la Iglesia estuviera libre
para perseguir su interés por la salvación eterna, considerando que podría
mantener la integridad de su postura religiosa. Sin embargo, al mismo tiempo, la Iglesia apoyó al
emperador, quien también aspiró a representar la autoridad divina. Al aceptar
este planteamiento, la Iglesia,
a su vez, asumió el cesaropapismo (es decir, la subordinación de la Iglesia a las peticiones
religiosas del orden político dominante). Esta actitud se hizo muy evidente en
la época en que el poder bizantino culminó a fines del primer milenio de la
historia cristiana.
El Cristianismo en la Europa Occidental. En el cristianismo occidental
se desarrolló un modelo muy diferente, debido al declive de la autoridad
imperial occidental, que culminó con la caída de Roma en el siglo V. La Iglesia se convirtió en
una autoridad independiente hasta cierto punto en asuntos temporales y eternos.
Así, en la tradición cristiana occidental, se configuró un marco que daría
lugar a una gran variedad de relaciones entre la Iglesia y el Estado o las
estructuras eclesiásticas y políticas a lo largo de la historia europea.
Al principio de este periodo, la doctrina de las "dos
espadas" (la espiritual y la temporal) fue enunciada por el papa
Gelasio I. Según esta doctrina, la Iglesia y el Estado adquirieron un rango
semejante. La controversia de investidura fue uno de los principales roces en
la pugna entre las dos autoridades. Hacia el siglo XIII, el papa Inocencio III
exigió que el emperador sacro romano (Estado) estuviera subordinado al Papa
(Iglesia), dada la diferente significación jerárquica de ambas instituciones.
Mientras al poder temporal le concernían los cuerpos físicos, a la Iglesia y en
particular al Papa, le concernían las almas. Poco después de este punto
culminante en las exigencias en nombre de la Iglesia, el papado se vio dominado
por una serie de emperadores y reyes. En la evolución del cristianismo
occidental, las grandes exigencias teóricas de la Iglesia o el Estado no
reflejaron del modo adecuado las relaciones de poder reales.
El declive de la autoridad imperial centralizada en la
sociedad europea occidental estaba relacionado con el surgimiento de nuevos
Estados-naciones, que afirmaron la independencia política que se derivaba del
Sacro Imperio romano. En este proceso, numerosos conflictos conformaron el
núcleo de los intereses nacionales en contra de las exigencias centralizadas de
la Iglesia católica dirigida por el Papa.
El Cristianismo en el Periodo
Moderno.
Esclarecer los conflictos civiles-eclesiásticos en la sociedad moderna ha sido
difícil, como indican las controversias existentes entre los expertos con
respecto a una serie de temas diversos. Ejemplos de estas polémicas incluyen la
cuestión de si los organismos religiosos, sus propiedades y beneficios, deben
ser tasados; si las confesiones religiosas deben permitirse en las escuelas del
Estado; si el Gobierno debe apoyar a las parroquias, y si los grupos religiosos
deberían extender su influencia a cuestiones públicas y políticas.
Un modelo general parece haber surgido en las sociedades
europeas en las que, incluso cuando una comunidad política se ha establecido de
forma legal, las iglesias son libres de desarrollar sus propios programas. Este
modelo ha sido reafirmado en la Europa oriental coincidiendo con el declive de
los regímenes comunistas. Otras naciones, tales como India, han hecho hincapié
en la separación entre religión y política en términos formales, aunque los
líderes y grupos religiosos (tanto innovadores como tradicionales) desempeñan a
menudo un papel activo en la política (como ocurre también en Japón).
Donde existan estructuras de autoridades separadas, son
posibles muchos tipos de relaciones. En un extremo se encuentra la
subordinación de la política a la religión, como una 'hierocracia' o gobierno
de los sacerdotes como guardianes de los misterios divinos. El otro extremo
conlleva la subordinación de las instituciones religiosas al régimen político,
como sucedió durante el cesaropapismo. Entre estos extremos se distinguen
diversas clases de relaciones que abarcan desde el modelo de Iglesia erastiana,
o dominada por un Estado, al orden teocrático político, donde los gobernantes
están vigilados de forma muy estrecha por guardianes de la ortodoxia religiosa
vigente, como es el caso de Irán desde principios de 1980.
En algunos aspectos, el modelo en las sociedades
contemporáneas seculares difiere de forma significativa de los modelos de las
sociedades tradicionales. Por una parte, los organismos religiosos han perdido
el poder de afirmar su exclusividad sobre creencias religiosas y prácticas.
Otro elemento trascendente radica en que los gobiernos se han ocupado cada vez
más de aspectos de la vida individual y colectiva que se consideraban
vinculados por tradición a la religión, por ejemplo el concepto de vida y
muerte. En suma, la expresión "Iglesia y Estado" representa el marco
para entender cómo la religión y el Gobierno se relacionan cuando estas
instituciones reclaman una serie de asuntos en el ámbito de la propia sociedad.
La esencia de esta interacción existe en la mayoría de
las sociedades. Cuando las respectivas reclamaciones de religión y política no
han sido enfocadas de forma clara en instituciones distintas, las pugnas
religiosas y políticas no han sido menos reales. Así, la específica referencia
implícita en la expresión "Iglesia y Estado" representa para la
Iglesia occidental cristiana la historia y la experiencia. Pero, con
frecuencia, por extensión y en realidad por analogía, el concepto es útil en la
comprensión de otras culturas.
LA
EDAD MEDIA
Generalidades. La expresión o locución Edad Media, alude a un periodo
de la historia europea que transcurrió desde la desintegración del Imperio
romano de Occidente, en el siglo V, hasta el siglo XV. No obstante, las fechas
anteriores no han de ser tomadas como referencias fijas: nunca ha existido una
brusca ruptura en el desarrollo cultural del continente. Parece que el término
lo empleó por vez primera el historiador Flavio Biondo de Forli, en su obra Historiarum
ab inclinatione romanorun imperii decades (Décadas de historia desde la
decadencia del Imperio romano), publicada en 1438 aunque fue escrita
treinta años antes.
El término implicó en su origen una parálisis del
progreso, considerando que la Edad Media
fue un periodo de estancamiento cultural, ubicado cronológicamente entre la
gloria de la antigüedad clásica y el Renacimiento. No obstante, se reconoce
este periodo como uno más de los que constituyen la evolución histórica
europea, con sus propios procesos críticos y de desarrollo. Se divide
generalmente la Edad Media
en tres épocas.
Génesis de la Edad Media.
Ningún evento determina el fin de la antigüedad y el inicio de la edad media:
ni el saqueo de Roma por los godos dirigidos por Alarico I en el 410, ni el
derrocamiento de Rómulo Augústulo (último emperador romano de Occidente) fueron
sucesos que sus contemporáneos consideraran iniciadores de una nueva época. La
culminación a finales del siglo V de una serie de eventos de larga duración,
entre ellos la grave dislocación económica y las invasiones y asentamiento de
los pueblos germanos en el Imperio romano, hizo cambiar la faz de Europa.
Durante los siguientes 300 años Europa occidental mantuvo una cultura primitiva
aunque instalada sobre la compleja y elaborada cultura del Imperio romano, que
nunca llegó a perderse u olvidarse por completo.
La manifestación de Autoridad. Durante este periodo no
existió realmente una maquinaria de gobierno unitaria en las distintas
entidades políticas, aunque la poca sólida confederación de tribus permitió la
formación de reinos. El desarrollo político y económico era fundamentalmente
local y el comercio regular desapareció casi por completo, aunque la economía
monetaria nunca dejó de existir de forma absoluta. En la culminación de un proceso
iniciado durante el Imperio romano, los campesinos comenzaron a ligarse a la
tierra y a depender de los grandes propietarios para obtener su protección y
una rudimentaria administración de justicia, en lo que constituyó el germen del
régimen señorial. Los principales vínculos entre la aristocracia guerrera
fueron los lazos de parentesco aunque también empezaron a surgir las relaciones
feudales. Se ha considerado que estos vínculos (que relacionaron la tierra con prestaciones
militares y otros servicios) tienen su origen en la antigua relación romana
entre patrón y cliente o en la institución germánica denominada comitatus
(grupo de compañeros guerreros). Todos estos sistemas de relación impidieron
que se produjera una consolidación política efectiva.
La
Iglesia. La única institución europea con
carácter universal fue la iglesia, pero incluso en ella se había producido una
fragmentación de la autoridad. Todo el poder en el seno de la jerarquía
eclesiástica estaba en las manos de los obispos de cada región. El papa tenía
una cierta preeminencia basada en el hecho de ser sucesor de san Pedro, primer
obispo de Roma, a quien Cristo le había otorgado la máxima autoridad
eclesiástica. No obstante, la elaborada maquinaria del gobierno eclesiástico y
la idea de una Iglesia encabezada por el papa no se desarrollarían hasta
pasados 500 años. La Iglesia
se veía a sí misma como una comunidad espiritual de creyentes cristianos,
exiliados del reino de Dios, que aguardaba en un mundo hostil el día de la salvación.
Los miembros más destacados de esta comunidad se hallaban en los monasterios,
diseminados por toda Europa y alejados de la jerarquía eclesiástica.
En el seno de la Iglesia hubo tendencias que aspiraban a unificar
los rituales, el calendario y las reglas monásticas, opuestas a la
desintegración y al desarrollo local. Al lado de estas medidas administrativas
se conservaba la tradición cultural del Imperio romano. En el siglo IX, la
llegada al poder de la dinastía Carolingia supuso el inicio de una nueva unidad
europea basada en el legado romano, puesto que el poder político del emperador
Carlomagno dependió de reformas administrativas en las que utilizó materiales, métodos
y objetivos del extinto mundo romano.
Vida cultural. La actividad cultural durante
los inicios de la edad media consistió principalmente en la conservación y
sistematización del conocimiento del pasado y se copiaron y comentaron las
obras de autores clásicos. Se escribieron obras enciclopédicas, como las Etimologías
(623) de san Isidoro de Sevilla, en las que su autor pretendía compilar todo el
conocimiento de la humanidad. En el centro de cualquier actividad docta estaba la Biblia: todo aprendizaje
secular llegó a ser considerado como una mera preparación para la comprensión
del libro Sagrado.
Esta primera etapa de la edad media se cierra en el siglo
X con las segundas migraciones germánicas e invasiones protagonizadas por los
vikingos procedentes del norte y por los magiares de las estepas asiáticas, y
la debilidad de todas las fuerzas integradoras y de expansión europeas al
desintegrarse el Imperio Carolingio. La violencia y dislocamiento que sufrió
Europa motivaron que las tierras se quedaran sin cultivar, la población
disminuyera y los monasterios se convirtieran en los únicos baluartes de la
civilización.
El poder en cabeza del Papa. Durante la alta edad media la Iglesia católica,
organizada en torno a una estructurada jerarquía con el papa como indiscutida
cúspide, constituyó la más sofisticada institución de gobierno en Europa
occidental. El Papado no sólo ejerció un control directo sobre el dominio de
las tierras del centro y norte de Italia sino que además lo tuvo sobre toda
Europa gracias a la diplomacia y a la administración de justicia (en este caso
mediante el extenso Sistema de tribunales eclesiásticos). Además las órdenes
monásticas crecieron y prosperaron participando de lleno en la vida secular.
Los antiguos monasterios benedictinos se imbricaron en la red de alianzas
feudales. Los miembros de las nuevas órdenes monásticas, como los
cistercienses, desecaron zonas pantanosas y limpiaron bosques; otras, como los
franciscanos, entregados voluntariamente a la pobreza, pronto empezaron a
participar en la renacida vida urbana. La Iglesia ya no se vería más como una ciudad
espiritual en el exilio terrenal, sino como el centro de la existencia. La
espiritualidad altomedieval adoptó un carácter individual, centrada ritualmente
en el sacramento de la eucaristía y en la identificación subjetiva y emocional
del creyente con el sufrimiento humano de Cristo. La creciente importancia del
culto a la Virgen María,
actitud desconocida en la
Iglesia hasta este momento, tenia el mismo carácter emotivo.
El ámbito de la intelectualidad. Dentro del ámbito cultural,
hubo un resurgimiento intelectual al prosperar nuevas instituciones educativas
como las escuelas catedralicias y monásticas. Se fundaron las primeras
universidades, se ofertaron graduaciones superiores en medicina, derecho y teología,
ámbitos en los que fue intensa la investigación: se recuperaron y tradujeron
escritos médicos de la antigüedad, muchos de los cuales habían sobrevivido
gracias a los eruditos árabes y se sistematizó, comentó e investigó la
evolución tanto del Derecho canónico como del civil, especialmente en la famosa
universidad de Bolonia. Esta labor tuvo gran influencia en el desarrollo de
nuevas metodologías que fructificarían en todos los campos de estudio. El
escolasticismo se popularizó, se estudiaron los escritos de la Iglesia, se analizaron las
doctrinas teológicas y las prácticas religiosas y se discutieron las cuestiones
problemáticas de la tradición cristiana. El siglo XII, por tanto, dio paso a
una época dorada de la filosofía en Occidente.
Innovaciones artísticas. También se produjeron
innovaciones en el campo de las artes creativas. La escritura dejó de ser una
actividad exclusiva del clero y el resultado fue el florecimiento de una nueva literatura,
tanto en latín como, por primera vez, en lenguas vernáculas. Estos nuevos
textos estaban destinados a un público letrado que poseía educación y tiempo
libre para leer. La lírica amorosa, el romance cortesano y la nueva modalidad
de textos históricos expresaban la nueva complejidad de la vida y el compromiso
con el mundo secular. En el campo de la pintura se prestó una atención sin
precedentes a la representación de emociones extremas, a la vida cotidiana y al
mundo de la naturaleza. En la arquitectura, el románico alcanzó su perfección
con la edificación de incontables catedrales a lo largo de rutas de
peregrinación en el sur de Francia y en España, especialmente el Camino de
Santiago, incluso cuando ya comenzaba a abrirse paso el estilo gótico que en
los siguientes siglos se convertiría en el estilo artístico predominante.
El surgimiento de la Unidad
Europea. Durante
el siglo XIII se sintetizaron los logros del siglo anterior. La Iglesia se
convirtió en la gran institución europea, las relaciones comerciales integraron
a Europa gracias especialmente a las actividades de los banqueros y
comerciantes italianos, que extendieron sus actividades por Francia, Inglaterra,
Países Bajos y el norte de África, así como por las tierras imperiales
germanas. Los viajes, bien por razones de estudio o por motivo de una peregrinación
fueron más habituales y cómodos. También fue el siglo de las Cruzadas; estas guerras,
iniciadas a finales del siglo XI, fueron predicadas por el Papado para liberar
los Santos Lugares cristianos en el Oriente Próximo que estaban en manos de los
musulmanes. Concebidas según el Derecho canónico como peregrinaciones
militares, los llamamientos no establecían distinciones sociales ni
profesionales. Estas expediciones internacionales fueron un ejemplo más de la
unidad europea centrada en la Iglesia, aunque también influyó el interés de
dominar las rutas comerciales de Oriente. La alta edad media culminó con los
grandes logros de la arquitectura gótica, los escritos filosóficos de Tomás de
Aquino y la visión imaginativa de la totalidad de la vida humana, recogida en
la Divina comedia de Dante Alighieri.
La baja Edad Media. Si la alta edad media estuvo caracterizada por la consecución de
la unidad institucional y una síntesis intelectual, la baja edad media estuvo
marcada por los conflictos y la disolución de dicha unidad. Fue entonces cuando empezó a surgir el Estado moderno -aún
cuando éste en ocasiones no era más que un incipiente sentimiento nacional- y
la lucha por la hegemonía entre la Iglesia y el Estado se convirtió en un rasgo
permanente de la historia de Europa durante algunos siglos posteriores. Pueblos
y ciudades continuaron creciendo en tamaño y prosperidad y comenzaron la lucha
por la autonomía política. Este conflicto urbano se convirtió además en una
lucha interna en la que los diversos grupos sociales quisieron imponer sus
respectivos intereses.
Una de las consecuencias de esta pugna, particularmente
en las corporaciones señoriales de las ciudades italianas, fue la
intensificación del pensamiento político y social que se centró en el Estado
secular como tal, independiente de la Iglesia. La independencia del análisis
político es sólo uno de los aspectos de una gran corriente del pensamiento bajo
medieval y surgió como consecuencia del
fracaso del proyecto de la filosofía alto medieval que pretendía alcanzar una
síntesis de todo el conocimiento y experiencia tanto humana como divina.
La nueva espiritualidad. Aunque este desarrollo
filosófico fue importante, la espiritualidad de la baja edad media fue el
auténtico indicador de la turbulencia social y cultural de la época. Esta
espiritualidad estuvo caracterizada por una intensa búsqueda de la experiencia
directa con Dios, bien a través del éxtasis personal de la iluminación mística,
o bien mediante el examen personal de la palabra de Dios en la Biblia. En ambos
casos, la Iglesia orgánica (tanto en su tradicional función de intérprete de la
doctrina como en su rol institucional de guardián de los sacramentos) no estuvo
en disposición de combatir ni de prescindir de este fenómeno.
Toda la población, laicos o clérigos, hombres o mujeres,
letrados o analfabetos, podían disfrutar potencialmente una experiencia
mística. Concebida ésta como un don divino de carácter personal, resultaba
totalmente independiente del rango social o del nivel de educación pues era
indescriptible, irracional y privada. Por otro lado, la lectura devocional de
la Biblia produjo una percepción de la Iglesia como institución marcadamente
diferente a la de anteriores épocas en las que se la consideraba como algo
omnipresente y ligado a los asuntos terrenales. Cristo y los apóstoles
representaban una imagen de radical sencillez y al tomar la vida de Cristo como
modelo de imitación, hubo personas que comenzaron a organizarse en comunidades
apostólicas. En ocasiones se esforzaron por reformar la Iglesia desde su
interior para conducirla a la pureza y sencillez apostólica, mientras que en
otras ocasiones se desentendieron simplemente de todas las instituciones
existentes.
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