jueves, 24 de octubre de 2013

Cristianismo y Edad Media


Hacia el año 62, el sumo sacerdote del judaísmo, Aniano, hizo prender al apóstol Santiago, que regía la iglesia de Jerusalén, y le ajustició. Uno de sus hermanos, Simón, fue llamado a sucederle, pero la situación política de Palestina se agravaba y los conflictos internos del hebraísmo eran cada día mayores. De los apóstoles vivía tan sólo Juan, el evangelista, que se había trasladado a Éfeso, iglesia matriz de muchas de Menor y Gracia, donde se manifestaban brotes gnósticos.
Bajo el gobierno de Vespaciano el cristianismo siguió extendiéndose, hasta que, en el año 90, Domiciano inició una nueva persecución. Juan fue llevado primero a Roma y desterrado luego a la isla de Patmos, donde escribió el "Apocalipsis" y algunas de sus cartas. Bajo el imperio de Nerva, de quien dice su biógrafo Xifilino que "no permitió que se acusase a nadie por haber observado las ceremonias de la religión judaica o haber descuidado el culto de los dioses, pudo regresar Juan a Éfeso, y pocos años después falleció, de edad muy avanzada. Con su muerte concluye la etapa apostólica.
La Iglesia perseguida. Al principio, los romanos consideraron el cristianismo como una nueva secta judía. Aparte de las esporádicas persecuciones de Nerón y Domiciano, durante el siglo I los cristianos tuvieron que enfrentarse con mayor frecuencia con la animadversión de los escribas y fariseos, rectores del judaísmo, que con las autoridades romanas. Cuando Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, consultó al emperador Trajano (98-117) la conducta que debía observarse con los cristianos, que según sus informaciones, acostumbraban a reunirse ciertos días muy de mañana, "entonan un himno a Cristo, como a un Dios... y con juramento se obligan a no cometer delitos... Se reúnen después, al atardecer, para tomar en común un alimento inocente..." Y aludía implícitamente a la creencia difundida por espíritus interesados en desprestigiar el cristianismo, de que en sus reuniones secretas los cristianos "iniciados" se entregaban a misteriosas orgías. Para evitar la profanación del misterio eucarístico y las especulaciones malévolas sobre la Trinidad, la iniciación cristiana exigía a los fieles reserva en la manifestación de algunos actos litúrgicos, incluso con los catecúmenos.
Los gentiles asimilaban las reuniones nocturnas de los cristianos a ritos orientales de los "misterios", como los de Eleusis y Samos, enraizados en las prácticas mágicas, los misterios de Cibeles, los de Isis, originarios de Egipto, o los de Mitra, procedentes de Persia, que alcanzaron notable difusión incluso en España y en especial en la costa catalana. Pero si antes Trajano pudo contestar a Plinio que el cristianismo era en sí un crimen y que los acusados convictos debían ser condenados a muerte, siempre que hubiera un acusador anónimo, era principalmente por negar el culto al emperador y a los dioses del panteón romano. No obstante, Trajano no entendía que la justicia romana debiera dedicarse a descubrir cristianos y atender acusaciones anónimas, ni menos aún entregarse a una persecución general. Y esta respuesta de Trajano sirvió de norma hasta Cómodo (180 d.C.).
Desde Cómodo se acentúa la persecución estatal del cristianismo en el mundo romano, que dura hasta el año 313, aunque con algunos intervalos de paz prolongados. Las persecuciones sistemáticas suelen seguir a la promulgación de un edicto, establecido con fines preconcebidos de exterminio. Así, por ejemplo, el de Septimio Severo (201 d.C.) que prohibía las conversiones, el de Decio contra los sospechosos, o el de Valeriano, que suprimía las asambleas cristianas, pasando sus bienes al Estado. Decio por odio a su predecesor Filipo (244-249), protector de los cristianos, desencadenó la persecución más violenta que hasta entonces había experimentado la Iglesia. Su biógrafo, Zonaro, en la " Augusta", puntualiza que "bajo su reinado" (249-251) recibieron la corona del martirio Fabián, obispo de Roma, Babylas, obispo de Antioquía y Alejandro, obispo de Jerusalén. Es decir, los prelados de las sedes de mayor de la cristiandad.
La victoria de Constantino frente a Majencio, obtenida gracias al signo de la cruz, abría a los cristianos el paso a la liberad de acción, decidida en el llamado Edicto de Milán (313). De hecho, la medida adoptada por Constantino y Licinio de común acuerdo, significaba la plena liberad de cultos en el imperio. Era el primer eslabón de una cadena que en el año 380 llevó a Teodosio a declarar, en el Edicto de Tesalónica, "la religión del apóstol Pedro", religión del imperio romano. El cristianismo pasaba de la clandestinidad al rango de religión imperial.
El cristianismo, de culto libre pasa a ser religión de Estado. La vida conyugal era la más corriente, en los primeros siglos, entre los cristianos laicos o no. La virginidad se apreciaba mucho, no obstante, por constituir un sacrificio amoroso de la vida a Cristo. Ciertas vírgenes concertaban con los ascetas un casamiento espiritual que implicaba demasiada intimidad para que San Cipriano lo juzgara procedente. Estas vírgenes, o feninæ subintroductæ, solían llevar, con todo, una vida rigurosa y casta. Algunas viudas o vírgenes, de probadas virtudes, recibían cierta consagración y eran elevadas al orden diaconal. Las diaconisas catequizaban a las catecúmenas y auxiliaban a los sacerdotes y obispos en distintos servicios litúrgicos y sociales.
En la época apostólica, únicamente al obispo se le exigía que se hubiera casado una sola vez. Estaba prohibido el matrimonio a quien se hubiera ordenado de diácono, pero si se había casado con anterioridad a su ordenación, podía seguir haciendo vida conyugal. Desde los primeros años del siglo IV se insistió ya en el celibato eclesiástico con carácter preceptivo. El concilio de Elvira (Granada, año 309) prescribía a los clérigos casados la continencia. A lo largo del mismo siglo, sucesivos concilios insistieron en la continencia absoluta. El celibato, que empezó siendo un consejo, acabó, antes de finalizar el siglo IV, en precepto.
La Jerarquía de la Iglesia Católica. Los obispos de sedes vecinas, situados claramente en un plano superior al resto del clero en el siglo II, empezaron pronto a reunirse. Ocasión propicia para estas reuniones era la consagración de un nuevo obispo, cuando una de estas sedes quedaba vacante. La elección del obispo la hacían con el clero y el pueblo de la ciudad, y procedían luego a consagrar al elegido. Esta reunión sinodal implicaba un cambio de impresiones entre los prelados y era de hecho, un pequeño concilio. Poco a poco se afirmó la autoridades de las "iglesias madres" sobre aquellas a que habían dado lugar, y la de las sedes "provinciales" sobre las ubicadas en la provincia administrativa secular. La administración civil del mundo romano sirvió de base para la eclesiástica. El obispo de la importante sede de Alejandría, por ejemplo, con la libertad de acción adquirida en año 313, ejerció autoridad sobre la provincia de Egipto, del mismo modo que en orden civil la ejercía el prefecto.
La autoridad suprema del obispo de Roma, que defendía ya San Cipriano, había empezado por ser efectiva en Italia desde que San Pedro fundó esta comunidad cristiana. El traslado de la sede imperial a Constantinopla y poco después del edicto de la concesión de la libertad de cultos, hizo que el obispo de Roma afianzara cada día más su autoridad primera. Los obispos de las sedes orientales más importantes, en cambio, tuvieron del emperador mayor apoyo, pero también sujeción, o por lo menos, intervención más estricta. La Iglesia Oriental siempre estuvo más sujeta al poder del emperador que la Occidental. En Oriente, había empezado ya la evangelización de las comarcas agrícolas, desde las zonas de influencia urbana. El cristianismo había dejado de ser una religión limitada a los núcleos urbanos del Mediterráneo para extenderse por las zonas campesinas, mucho más "tradicionales" y menos preparadas para recibirlo.
Para la evangelización del campo, en Oriente se creó un elemento jerárquico nuevo, intermedio entre el obispo y el clero: jorepiscopado. Los jorepiscopoi eran misioneros consagrados por el obispo urbano con el fin de evangelizar la campiña y aunque, según parece, no tenían auténtico carácter episcopal, se les concedía facultades episcopales para poder realizar su misión con mayor efectividad. Muy pronto surgieron conflictos jurisdiccionales entre los obispos de aldea y los de la ciudad, y aquellos creados como superintendentes al servicio de éstos, intentaron independizarse de la tutela urbana, acabando por ser suprimidos hacia el siglo IX.
Las relaciones de la Iglesia con la autoridad secular, fueron en aumento desde el 313. La influencia del cristianismo, se dejaba sentir en todas las capas sociales y pesaba en el imperio como fuerza coherente. Es más, se intensificó de tal modo en pocos años que cuando el emperador Juliano (363) quiso, en su año y medio de reinado, dar nuevo vigor al paganismo y perseguir a los cristianos, se encontró prácticamente solo en su intento y fracasó. La religión estatal vio mermados sus cimientos con la política de tolerancia hasta tal punto que en el año 380, se la suplantó por el cristianismo. Los sacrificios paganos fueron prohibidos y en el año 391 todos los templos paganos quedaban cerrados al culto.
Las fuerzas latentes del paganismo hicieron un esfuerzo supremo para sobrevivir, pero sucumbieron definitivamente en el 392 por obra del emperador Teodosio, primer emperador cristiano. Incluso el culto privado a los dioses lares fue prohibido y castigado. San Ambrosio, consejero del emperador, tuvo el tacto suficiente para que los paganos fueran respetados en sus personas y en sus cargos, pero muchos templos en cambio, fueron derruidos y las estatuas de dioses y diosas, destruidas. Se pudo decir que los dioses pagaron por los hombres. El imperio romano desde entonces, se convirtió en un imperio cristiano y siguió siéndolo hasta mediados del siglo XV en que su heredero, el imperio bizantino o romano oriental, sucumbió ante las fuerzas de los turcos otomanos.
El emperador, desde los últimos años del siglo IV, había dejado de ser considerado un ser divino, pero recibía el título de isapóstolos, "igual a los apóstoles, y se convertía en protector de la nueva religión estatal. Los obispos pasaron a ocupar cargos estatales y cuando las invasiones, se erigieron en defensores de sus ciudades. Los días festivos de la Iglesia fueron fiestas oficiales.
Un problema nuevo se había presentado a la Iglesia: el de sus relaciones con el estado católico. Las crisis internas que experimentaría la Iglesia en el proceso definidor del dogma, facilitarían la intromisión del emperador o, si se quiere, el intervencionismo del poder civil.
Tal vez la más trascendente de estas crisis, en aquellos siglos, fue el arrianismo, porque adquirió gran difusión y sus consecuencias se dejaron sentir en la Iglesia hasta el siglo VII. Cinco escuelas cristianas, las de Alejandría, Antioquía, Roma, Edesa y Jerusalén, se habían consolidado a comienzos del siglo IV, manifestando características que les daban plena personalidad. La de Alejandría, en Egiptp, de tendencia alegorizante y mística, se hallaba en el extremo opuesto a la de Antioquía, en Siria, literalista (en la interpretación de la Biblia) y partidaria de los datos positivos y concretos.
El maestro de esta última Luciano (+ 312), intentó establecer un texto bíblico más fidedigno, y parece ser que esto le llevó a un monoteísmo riguroso, que influyó en la doctrina de Arrio (+ 336), sacerdote de Alejandría, quien propugnaba la creencia de un Dios único, eterno e incomunicable y negaba la divinidad del Hijo o Verbo encarnado. La postura de Arrio, buen predicador y culto, hizo muchos adeptos. De aquí que el patriarca Alejandro de Alejandría, hacia el 310, escribiera una extensa carta al patriarca Alejandro de Constantinopla, poniéndole en guardia sobre tal postura. En esta carta hallamos la mejor definición coetánea del arrianismo. Se expresa así: "Dicen (los arrianos) que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no existía y que ha empezado a existir, siendo así que no existía antes; y que cuando nació, fue engendrado de la misma manera que lo son todos los hombres. Pues Dios, dicen, lo ha creado todo de la nada. De modo que ellos (los arrianos) comprenden al propio Hijo de Dios en esta creación de todos los seres inteligentes o sin razón.
En consecuencia, declaran, el Hijo de Dios poseía una naturaleza sujeta a cambios, capacitada para obrar el bien y el mal... Y con esta hopótesis de que el hijo ha sido creado de la nada, destruyen las enseñanzas de las Escrituras que proclaman la inmortalidad del Verbo, la divinidad de la Sabiduría del Verbo, es decir, de Cristo". Esta doctrina reunió, en el 343, un sínodo en Alejandría y exiló a su sacerdote Arrio, el obispo de Nicomedia, Eusebio, discípulo de San Luciano, le acogió. Y así se inició una viva polémica doctrinal con San Atanasio.
Entre los padres de la Iglesia de esta época, destacan las figuras de San Jerónimo (342-420) y San Juan Crisóstomo (347 - 407). El primero, gran erudito latino, conocedor del griego, hebreo y arameo, tradujo al latín y revisó el texto del Antiguo Testamento. Su traducción, hecha a petición del papa Dámaso (quien declaró explícitamente inalterable el canon católico de la Biblia en el Concilio Romano de 382, pasó a la posteridad conocida por La Vulgata y fue el de la Biblia adoptado por la Iglesia medieval de Occidente en la liturgia y base de las citas bíblicas de los autores eclesiásticos de la latinidad.
El patriarca de Constantinopla, Juan "Crisostomo", se distinguió por la elocuencia y fortaleza de sus sermones y escritos, que le valieron el sobre nombre de Crisóstomo, Boca de Oro, con que fue conocido ya en su tiempo. La severidad y austeridad que le caracterizaban le ocasionaron muchos sinsabores y el destierro en un lugar desértico a orillas del Mar Negro, donde murió.
La exégesis de los textos bíblicos de ambos Testamentos le lleva a escribir: "El estudio profundo de la Sagrada Escritura es un tesoro... Bajo las palabras que contiene, encierra grandes riquezas. Debemos por tanto recorrerla y escrutarla con atención. Obtendremos así gran provecho". "La asidua lectura de las divinas Escrituras nos hace obrar pensando siempre en las divinas promesas. Nos mueve a que nos entreguemos, con renovadas ansias a la ardua labor de la virtud".
Expansión del cristianismo: En los siglos IV y V, el imperio romano perdió buena parte de su extensión en Occidente y se transformó en oriental bizantino. Se suele señalar como sintomática la fecha del año 476, pero de hecho la invasión y cuarteamiento del imperio había empezado mucho antes (406). Un grupo de pueblos, originarios de Escandinavia, los germanos, desde Europa central se había lanzado a la conquista de los despojos de Roma. De estos pueblos, los visigodos fueron cristianizados por el obispo Ulfilas, pero el arrianismo arraigó en ellos hasta que pasaron a la ortodoxia en el 589. Burgundios y vándalos eran también arrianos. Los suevos, el 408, eran en parte todavía paganos y estuvieron vacilando entre el arrianismo y la ortodoxia hasta que hacia el 560, optaron por la última.
Los ostrogodos, cuando en 489 se apoderaron de Italia, practicaban ya el arrianismo, pero su rey Teodorico se esforzó para evitar roces con los católicos. Los francos, en cambio, paganos, pasaron directamente a la ortodoxia, el 496, con el bautismo de su rey Clodoveo. (" Adore tout ce que tu as brûlé, et brûle tout ce que tu as adoré"...."Adora todo aquello que has quemado y quema todo aquello que has adorado..." )
Los germanos, no obstante, constituían la minoría dirigente. La mayor parte del campo contaba aún con poblaciones indígenas paganas. En las ciudades, la mayoría era cristiana. Cuando los vándalos pasaron al África, en el 429, hicieron que a la jerarquía episcopal ortodoxa se sumara una jerarquía arriana. Muchas ciudades del África vándala tuvieron simultáneamente obispo ortodoxo y obispo arriano. Cerca de cinco mil católicos fueron exilados por el monarca vándalo Hunirico y uno de sus sucesores, Trasamundo (496- 523), exiló a la isla de Cerdeña 120 obispos. Cuando el 534 los bizantinos recuperaron la provincia de África, el catolicismo se hallaba diezmado. La invasión musulmana, a mediados del siglo VII, acabó de arruinarlo.
El cristianismo se desarrolló con lentitud como un movimiento autónomo. En calidad de grupo surgido del judaísmo, existió de forma inestable dentro del Imperio romano. Cuando se estableció de forma independiente del judaísmo, su doctrina como único medio de salvación condujo a un conflicto esporádico con la autoridad imperial. Durante varios siglos, dado que el movimiento cristiano creció por todo el imperio, las iglesias regionales fueron perseguidas cada cierto tiempo, y los cristianos fueron martirizados. Hacia el año 313, con el edicto de Milán, los cristianos se establecieron legalmente como religión bajo el imperio. Durante el reinado de Constantino, a lo largo de la década siguiente, la Iglesia consiguió una posición social privilegiada. Durante los tres primeros siglos, el movimiento cristiano se preocupó por mantener la identidad religiosa y asegurarse la integridad social. A partir de entonces, la Iglesia, que había sufrido a manos del Estado, se unió a esa institución. Desde esa época la relación entre la Iglesia y el Estado empezó a desarrollarse de forma diferente en las principales instancias del imperio.
El Cristianismo en el Imperio Bizantino. En Oriente, cuyo centro era Constantinopla, los cristianos evolucionaron hacia una postura de relativa subordinación al Estado. Mientras la Iglesia estuviera libre para perseguir su interés por la salvación eterna, considerando que podría mantener la integridad de su postura religiosa. Sin embargo, al mismo tiempo, la Iglesia apoyó al emperador, quien también aspiró a representar la autoridad divina. Al aceptar este planteamiento, la Iglesia, a su vez, asumió el cesaropapismo (es decir, la subordinación de la Iglesia a las peticiones religiosas del orden político dominante). Esta actitud se hizo muy evidente en la época en que el poder bizantino culminó a fines del primer milenio de la historia cristiana.
El Cristianismo en la Europa Occidental. En el cristianismo occidental se desarrolló un modelo muy diferente, debido al declive de la autoridad imperial occidental, que culminó con la caída de Roma en el siglo V. La Iglesia se convirtió en una autoridad independiente hasta cierto punto en asuntos temporales y eternos. Así, en la tradición cristiana occidental, se configuró un marco que daría lugar a una gran variedad de relaciones entre la Iglesia y el Estado o las estructuras eclesiásticas y políticas a lo largo de la historia europea.
Al principio de este periodo, la doctrina de las "dos espadas" (la espiritual y la temporal) fue enunciada por el papa Gelasio I. Según esta doctrina, la Iglesia y el Estado adquirieron un rango semejante. La controversia de investidura fue uno de los principales roces en la pugna entre las dos autoridades. Hacia el siglo XIII, el papa Inocencio III exigió que el emperador sacro romano (Estado) estuviera subordinado al Papa (Iglesia), dada la diferente significación jerárquica de ambas instituciones. Mientras al poder temporal le concernían los cuerpos físicos, a la Iglesia y en particular al Papa, le concernían las almas. Poco después de este punto culminante en las exigencias en nombre de la Iglesia, el papado se vio dominado por una serie de emperadores y reyes. En la evolución del cristianismo occidental, las grandes exigencias teóricas de la Iglesia o el Estado no reflejaron del modo adecuado las relaciones de poder reales.
El declive de la autoridad imperial centralizada en la sociedad europea occidental estaba relacionado con el surgimiento de nuevos Estados-naciones, que afirmaron la independencia política que se derivaba del Sacro Imperio romano. En este proceso, numerosos conflictos conformaron el núcleo de los intereses nacionales en contra de las exigencias centralizadas de la Iglesia católica dirigida por el Papa.
El Cristianismo en el Periodo Moderno. Esclarecer los conflictos civiles-eclesiásticos en la sociedad moderna ha sido difícil, como indican las controversias existentes entre los expertos con respecto a una serie de temas diversos. Ejemplos de estas polémicas incluyen la cuestión de si los organismos religiosos, sus propiedades y beneficios, deben ser tasados; si las confesiones religiosas deben permitirse en las escuelas del Estado; si el Gobierno debe apoyar a las parroquias, y si los grupos religiosos deberían extender su influencia a cuestiones públicas y políticas.
Un modelo general parece haber surgido en las sociedades europeas en las que, incluso cuando una comunidad política se ha establecido de forma legal, las iglesias son libres de desarrollar sus propios programas. Este modelo ha sido reafirmado en la Europa oriental coincidiendo con el declive de los regímenes comunistas. Otras naciones, tales como India, han hecho hincapié en la separación entre religión y política en términos formales, aunque los líderes y grupos religiosos (tanto innovadores como tradicionales) desempeñan a menudo un papel activo en la política (como ocurre también en Japón).
Donde existan estructuras de autoridades separadas, son posibles muchos tipos de relaciones. En un extremo se encuentra la subordinación de la política a la religión, como una 'hierocracia' o gobierno de los sacerdotes como guardianes de los misterios divinos. El otro extremo conlleva la subordinación de las instituciones religiosas al régimen político, como sucedió durante el cesaropapismo. Entre estos extremos se distinguen diversas clases de relaciones que abarcan desde el modelo de Iglesia erastiana, o dominada por un Estado, al orden teocrático político, donde los gobernantes están vigilados de forma muy estrecha por guardianes de la ortodoxia religiosa vigente, como es el caso de Irán desde principios de 1980.
En algunos aspectos, el modelo en las sociedades contemporáneas seculares difiere de forma significativa de los modelos de las sociedades tradicionales. Por una parte, los organismos religiosos han perdido el poder de afirmar su exclusividad sobre creencias religiosas y prácticas. Otro elemento trascendente radica en que los gobiernos se han ocupado cada vez más de aspectos de la vida individual y colectiva que se consideraban vinculados por tradición a la religión, por ejemplo el concepto de vida y muerte. En suma, la expresión "Iglesia y Estado" representa el marco para entender cómo la religión y el Gobierno se relacionan cuando estas instituciones reclaman una serie de asuntos en el ámbito de la propia sociedad.
La esencia de esta interacción existe en la mayoría de las sociedades. Cuando las respectivas reclamaciones de religión y política no han sido enfocadas de forma clara en instituciones distintas, las pugnas religiosas y políticas no han sido menos reales. Así, la específica referencia implícita en la expresión "Iglesia y Estado" representa para la Iglesia occidental cristiana la historia y la experiencia. Pero, con frecuencia, por extensión y en realidad por analogía, el concepto es útil en la comprensión de otras culturas.
LA EDAD MEDIA
Generalidades. La expresión o locución Edad Media, alude a un periodo de la historia europea que transcurrió desde la desintegración del Imperio romano de Occidente, en el siglo V, hasta el siglo XV. No obstante, las fechas anteriores no han de ser tomadas como referencias fijas: nunca ha existido una brusca ruptura en el desarrollo cultural del continente. Parece que el término lo empleó por vez primera el historiador Flavio Biondo de Forli, en su obra Historiarum ab inclinatione romanorun imperii decades (Décadas de historia desde la decadencia del Imperio romano), publicada en 1438 aunque fue escrita treinta años antes.
El término implicó en su origen una parálisis del progreso, considerando que la Edad Media fue un periodo de estancamiento cultural, ubicado cronológicamente entre la gloria de la antigüedad clásica y el Renacimiento. No obstante, se reconoce este periodo como uno más de los que constituyen la evolución histórica europea, con sus propios procesos críticos y de desarrollo. Se divide generalmente la Edad Media en tres épocas.
Génesis de la Edad Media. Ningún evento determina el fin de la antigüedad y el inicio de la edad media: ni el saqueo de Roma por los godos dirigidos por Alarico I en el 410, ni el derrocamiento de Rómulo Augústulo (último emperador romano de Occidente) fueron sucesos que sus contemporáneos consideraran iniciadores de una nueva época. La culminación a finales del siglo V de una serie de eventos de larga duración, entre ellos la grave dislocación económica y las invasiones y asentamiento de los pueblos germanos en el Imperio romano, hizo cambiar la faz de Europa. Durante los siguientes 300 años Europa occidental mantuvo una cultura primitiva aunque instalada sobre la compleja y elaborada cultura del Imperio romano, que nunca llegó a perderse u olvidarse por completo.
La manifestación de Autoridad. Durante este periodo no existió realmente una maquinaria de gobierno unitaria en las distintas entidades políticas, aunque la poca sólida confederación de tribus permitió la formación de reinos. El desarrollo político y económico era fundamentalmente local y el comercio regular desapareció casi por completo, aunque la economía monetaria nunca dejó de existir de forma absoluta. En la culminación de un proceso iniciado durante el Imperio romano, los campesinos comenzaron a ligarse a la tierra y a depender de los grandes propietarios para obtener su protección y una rudimentaria administración de justicia, en lo que constituyó el germen del régimen señorial. Los principales vínculos entre la aristocracia guerrera fueron los lazos de parentesco aunque también empezaron a surgir las relaciones feudales. Se ha considerado que estos vínculos (que relacionaron la tierra con prestaciones militares y otros servicios) tienen su origen en la antigua relación romana entre patrón y cliente o en la institución germánica denominada comitatus (grupo de compañeros guerreros). Todos estos sistemas de relación impidieron que se produjera una consolidación política efectiva.
La Iglesia. La única institución europea con carácter universal fue la iglesia, pero incluso en ella se había producido una fragmentación de la autoridad. Todo el poder en el seno de la jerarquía eclesiástica estaba en las manos de los obispos de cada región. El papa tenía una cierta preeminencia basada en el hecho de ser sucesor de san Pedro, primer obispo de Roma, a quien Cristo le había otorgado la máxima autoridad eclesiástica. No obstante, la elaborada maquinaria del gobierno eclesiástico y la idea de una Iglesia encabezada por el papa no se desarrollarían hasta pasados 500 años. La Iglesia se veía a sí misma como una comunidad espiritual de creyentes cristianos, exiliados del reino de Dios, que aguardaba en un mundo hostil el día de la salvación. Los miembros más destacados de esta comunidad se hallaban en los monasterios, diseminados por toda Europa y alejados de la jerarquía eclesiástica.
En el seno de la Iglesia hubo tendencias que aspiraban a unificar los rituales, el calendario y las reglas monásticas, opuestas a la desintegración y al desarrollo local. Al lado de estas medidas administrativas se conservaba la tradición cultural del Imperio romano. En el siglo IX, la llegada al poder de la dinastía Carolingia supuso el inicio de una nueva unidad europea basada en el legado romano, puesto que el poder político del emperador Carlomagno dependió de reformas administrativas en las que utilizó materiales, métodos y objetivos del extinto mundo romano.
Vida cultural. La actividad cultural durante los inicios de la edad media consistió principalmente en la conservación y sistematización del conocimiento del pasado y se copiaron y comentaron las obras de autores clásicos. Se escribieron obras enciclopédicas, como las Etimologías (623) de san Isidoro de Sevilla, en las que su autor pretendía compilar todo el conocimiento de la humanidad. En el centro de cualquier actividad docta estaba la Biblia: todo aprendizaje secular llegó a ser considerado como una mera preparación para la comprensión del libro Sagrado.
Esta primera etapa de la edad media se cierra en el siglo X con las segundas migraciones germánicas e invasiones protagonizadas por los vikingos procedentes del norte y por los magiares de las estepas asiáticas, y la debilidad de todas las fuerzas integradoras y de expansión europeas al desintegrarse el Imperio Carolingio. La violencia y dislocamiento que sufrió Europa motivaron que las tierras se quedaran sin cultivar, la población disminuyera y los monasterios se convirtieran en los únicos baluartes de la civilización.
El poder en cabeza del Papa. Durante la alta edad media la Iglesia católica, organizada en torno a una estructurada jerarquía con el papa como indiscutida cúspide, constituyó la más sofisticada institución de gobierno en Europa occidental. El Papado no sólo ejerció un control directo sobre el dominio de las tierras del centro y norte de Italia sino que además lo tuvo sobre toda Europa gracias a la diplomacia y a la administración de justicia (en este caso mediante el extenso Sistema de tribunales eclesiásticos). Además las órdenes monásticas crecieron y prosperaron participando de lleno en la vida secular. Los antiguos monasterios benedictinos se imbricaron en la red de alianzas feudales. Los miembros de las nuevas órdenes monásticas, como los cistercienses, desecaron zonas pantanosas y limpiaron bosques; otras, como los franciscanos, entregados voluntariamente a la pobreza, pronto empezaron a participar en la renacida vida urbana. La Iglesia ya no se vería más como una ciudad espiritual en el exilio terrenal, sino como el centro de la existencia. La espiritualidad altomedieval adoptó un carácter individual, centrada ritualmente en el sacramento de la eucaristía y en la identificación subjetiva y emocional del creyente con el sufrimiento humano de Cristo. La creciente importancia del culto a la Virgen María, actitud desconocida en la Iglesia hasta este momento, tenia el mismo carácter emotivo.
El ámbito de la intelectualidad. Dentro del ámbito cultural, hubo un resurgimiento intelectual al prosperar nuevas instituciones educativas como las escuelas catedralicias y monásticas. Se fundaron las primeras universidades, se ofertaron graduaciones superiores en medicina, derecho y teología, ámbitos en los que fue intensa la investigación: se recuperaron y tradujeron escritos médicos de la antigüedad, muchos de los cuales habían sobrevivido gracias a los eruditos árabes y se sistematizó, comentó e investigó la evolución tanto del Derecho canónico como del civil, especialmente en la famosa universidad de Bolonia. Esta labor tuvo gran influencia en el desarrollo de nuevas metodologías que fructificarían en todos los campos de estudio. El escolasticismo se popularizó, se estudiaron los escritos de la Iglesia, se analizaron las doctrinas teológicas y las prácticas religiosas y se discutieron las cuestiones problemáticas de la tradición cristiana. El siglo XII, por tanto, dio paso a una época dorada de la filosofía en Occidente.
Innovaciones artísticas. También se produjeron innovaciones en el campo de las artes creativas. La escritura dejó de ser una actividad exclusiva del clero y el resultado fue el florecimiento de una nueva literatura, tanto en latín como, por primera vez, en lenguas vernáculas. Estos nuevos textos estaban destinados a un público letrado que poseía educación y tiempo libre para leer. La lírica amorosa, el romance cortesano y la nueva modalidad de textos históricos expresaban la nueva complejidad de la vida y el compromiso con el mundo secular. En el campo de la pintura se prestó una atención sin precedentes a la representación de emociones extremas, a la vida cotidiana y al mundo de la naturaleza. En la arquitectura, el románico alcanzó su perfección con la edificación de incontables catedrales a lo largo de rutas de peregrinación en el sur de Francia y en España, especialmente el Camino de Santiago, incluso cuando ya comenzaba a abrirse paso el estilo gótico que en los siguientes siglos se convertiría en el estilo artístico predominante.
El surgimiento de la Unidad Europea. Durante el siglo XIII se sintetizaron los logros del siglo anterior. La Iglesia se convirtió en la gran institución europea, las relaciones comerciales integraron a Europa gracias especialmente a las actividades de los banqueros y comerciantes italianos, que extendieron sus actividades por Francia, Inglaterra, Países Bajos y el norte de África, así como por las tierras imperiales germanas. Los viajes, bien por razones de estudio o por motivo de una peregrinación fueron más habituales y cómodos. También fue el siglo de las Cruzadas; estas guerras, iniciadas a finales del siglo XI, fueron predicadas por el Papado para liberar los Santos Lugares cristianos en el Oriente Próximo que estaban en manos de los musulmanes. Concebidas según el Derecho canónico como peregrinaciones militares, los llamamientos no establecían distinciones sociales ni profesionales. Estas expediciones internacionales fueron un ejemplo más de la unidad europea centrada en la Iglesia, aunque también influyó el interés de dominar las rutas comerciales de Oriente. La alta edad media culminó con los grandes logros de la arquitectura gótica, los escritos filosóficos de Tomás de Aquino y la visión imaginativa de la totalidad de la vida humana, recogida en la Divina comedia de Dante Alighieri.
La baja Edad Media. Si la alta edad media estuvo caracterizada por la consecución de la unidad institucional y una síntesis intelectual, la baja edad media estuvo marcada por los conflictos y la disolución de dicha unidad. Fue entonces  cuando empezó a surgir el Estado moderno -aún cuando éste en ocasiones no era más que un incipiente sentimiento nacional- y la lucha por la hegemonía entre la Iglesia y el Estado se convirtió en un rasgo permanente de la historia de Europa durante algunos siglos posteriores. Pueblos y ciudades continuaron creciendo en tamaño y prosperidad y comenzaron la lucha por la autonomía política. Este conflicto urbano se convirtió además en una lucha interna en la que los diversos grupos sociales quisieron imponer sus respectivos intereses.
Una de las consecuencias de esta pugna, particularmente en las corporaciones señoriales de las ciudades italianas, fue la intensificación del pensamiento político y social que se centró en el Estado secular como tal, independiente de la Iglesia. La independencia del análisis político es sólo uno de los aspectos de una gran corriente del pensamiento bajo medieval  y surgió como consecuencia del fracaso del proyecto de la filosofía alto medieval que pretendía alcanzar una síntesis de todo el conocimiento y experiencia tanto humana como divina.
La nueva espiritualidad. Aunque este desarrollo filosófico fue importante, la espiritualidad de la baja edad media fue el auténtico indicador de la turbulencia social y cultural de la época. Esta espiritualidad estuvo caracterizada por una intensa búsqueda de la experiencia directa con Dios, bien a través del éxtasis personal de la iluminación mística, o bien mediante el examen personal de la palabra de Dios en la Biblia. En ambos casos, la Iglesia orgánica (tanto en su tradicional función de intérprete de la doctrina como en su rol institucional de guardián de los sacramentos) no estuvo en disposición de combatir ni de prescindir de este fenómeno.
Toda la población, laicos o clérigos, hombres o mujeres, letrados o analfabetos, podían disfrutar potencialmente una experiencia mística. Concebida ésta como un don divino de carácter personal, resultaba totalmente independiente del rango social o del nivel de educación pues era indescriptible, irracional y privada. Por otro lado, la lectura devocional de la Biblia produjo una percepción de la Iglesia como institución marcadamente diferente a la de anteriores épocas en las que se la consideraba como algo omnipresente y ligado a los asuntos terrenales. Cristo y los apóstoles representaban una imagen de radical sencillez y al tomar la vida de Cristo como modelo de imitación, hubo personas que comenzaron a organizarse en comunidades apostólicas. En ocasiones se esforzaron por reformar la Iglesia desde su interior para conducirla a la pureza y sencillez apostólica, mientras que en otras ocasiones se desentendieron simplemente de todas las instituciones existentes.
En muchos casos estos movimientos adoptaron una postura apocalíptica o mesiánica, en particular entre los sectores más desprotegidos de las ciudades bajomedievales, que vivían en una situación muy difícil. Tras la aparición catastrófica de la peste negra, en la década de 1340, que acabó con la vida de una cuarta parte de la población europea, bandas de penitentes, flagelantes y de seguidores de nuevos mesías recorrieron toda Europa, preparándose para la llegada de la nueva época apostólica. Esta situación de agitación e innovación espiritual desembocaría en la Reforma protestante; las nuevas identidades políticas conducirían al triunfo del Estado nacional moderno y la continua expansión económica y mercantil puso las bases para la transformación revolucionaria de la economía europea. De este modo las raíces de la edad moderna pueden localizarse en medio de la disolución del mundo medieval, en medio de su crisis social y cultural.

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