Paradójicamente, fueron los estados menos vinculados a la Unión
Soviética los que más violentamente sufrieron la caída del muro. El
sistema comunista más aislado del mundo,
Albania, se desintegró en medio de la anarquía, mientras que
Yugoslavia,
ignorando las poco decididas peticiones de mantenimiento de la unidad
por parte de la comunidad internacional, se fragmentó en las repúblicas
que componían su confederación (el derecho a la secesión estaba
reconocido en su constitución). Las más decididamente separatistas
fueron
Eslovenia y
Croacia, católicas y declaradamente
pro-occidentales (explícitamente buscando el decisivo apoyo alemán), mientras que
Serbia (ortodoxa y
pro-rusa) pretendía la continuidad de una
República Federal de Yugoslavia (desde 1992) bajo el liderazgo del comunista
Milosevich, con una postura cada vez más nacionalista serbia. Los conflictos más graves surgieron en
Bosnia-Herzegovina (de composición étnica muy mezclada entre serbio-bosnios, bosnio-croatas y bosnio-musulmanes) y la provincia serbia de
Kosovo
(mayoritariamente poblada por albaneses). La intervención
internacional, liderada por los Estados Unidos, sancionó la derrota
serbia en ambos conflictos.
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