Una diferencia esencial puede señalarse a partir de la Edad Moderna entre el denominado
arte occidental y las demás denominaciones geográficas (
arte africano,
arte asiático, etc. -véase
Estudio de la Historia del Arte-): la función social y la consideración del
artista.
A diferencia de las demás zonas del mundo, en Europa y sus colonias,
desde el Renacimiento, pintores, escultores y arquitectos no sólo salen
del anonimato y empiezan a firmar su obra, sino que se codean de igual a
igual con filósofos y príncipes. Este ascenso social se adelanta varios
siglos al de otras partes de la burguesía, y conforma una nueva
aristocracia del mérito intelectual, en la que más tarde ingresarán
también los literatos y científicos. Por otro lado, la Iglesia, la
nobleza y la monarquía, clientes tradicionales, dejan de serlo
exclusivos, como puede ejemplificarse en la burguesía holandesa, y nace
un verdadero mercado del arte que empieza a no funcionar por encargo y
puede surgir la creación del artista con mucha mayor libertad. Cuando en
el siglo XIX el proceso se complete, y la sociedad responda ella misma a
los criterios del mercado, habrá muerto el arte de la edad moderna y
nacido el arte contemporáneo (paradójicamente junto con la figura del
artista maldito, que no triunfa en vida).
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