En América se desarrolló un arte bajo el signo de la dominación
colonial, que recibió tanto influencias europeas, como africanas y de
las culturas precolombinas, muchas veces fusionadas de maneras complejas
y novedosas del mismo modo que el
sincretismo del culto
católico con las religiones precolombinas. Agrupando estilos muy distintos, suele utilizarse el término de
arte colonial; término que no debe confundirse con el de
arte indígena, a veces apreciado en su autenticidad, y otras veces objeto de verdaderos zoológicos humanos como en las
exposiciones coloniales, muestras de la
antropología imperialista del siglo XIX. El
barroco colonial tuvo caracteres distintivos del europeo, como su extraordinaria diversidad, la presencia del
color, la la proliferación de formas mixtilíneas y el soporte antropomorfo. En
Brasil sobresale la figura extraordinaria del escultor y arquitecto
Antonio Francisco Lisboa,
«el Aleijadinho». La
escuela cusqueña de pintura se caracterizó por el naturalismo, un fuerte colorido y la presencia de rostros y temáticas indígenas y mestizas.
Diego Quispe Tito
introdujo cierta libertad en el manejo de la perspectiva y el
protagonismo del paisaje, la fauna y la flora. En las colonias inglesas,
francesas u holandesas de América del Norte, el
arte colonial se mantuvo más ligado a las características del arte de sus metrópolis, con escasas variaciones.
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