viernes, 25 de octubre de 2013

Fascismos


Encuentro de Hitler y Mussolini, führer y duce (guías) de las dictaduras nazi y fascista, que planteaban como una tercera vía contraria tanto al comunismo (la amenaza más visible a la estructuras capitalistas) como a la democracia liberal, tildada de decadente. Establecieron una alianza denominada Eje Roma-Berlín, en cuya órbita figuraron Japón, España, Hungría, Rumanía y los países ocupados durante la Segunda Guerra Mundial. El peculiar carisma de ambos líderes, llevado hasta el histrionismo, fascinaba a las masas que les seguían; pero también fue objeto de parodias contemporáneas, entre las que destacan, por su genialidad y lucidez, El gran dictador de Charles Chaplin (1940) y To be or not to be de Ernst Lubitsch (1942).
 
En la mayor parte de los países, el desprestigio de la política liberal tradicional y el miedo al comunismo hizo surgir movimientos políticos interclasistas y ultranacionalistas, caracterizados por un liderazgo carismático y algún tipo de parafernalia simbólica agresiva o paramilitar (entre los que destacaba el uso de camisas de ciertos colores). Su evidente similitud y la profundidad de los rasgos comunes con el fascismo italiano ha permitido a la historiografía calificarlos de fascistas, a pesar de la diversidad de nombres y características locales. Únicamente en Alemania, Europa meridional (Portugal, España, Grecia) y oriental (Rumanía, Hungría, Polonia, Báltico) se establecieron endógenamente en los años veinte y treinta dictaduras que reciben comúnmente la denominación de regímenes fascistas, o bien el calificativo de totalitarios (si consiguieron acabar con todo tipo de discrepancia) o autoritarios (si permitieron un mínimo grado de pluralismo en su propio seno). Durante los años de la Segunda Guerra Mundial se establecieron incluso en Europa occidental gobiernos colaboracionistas en los que la presencia de los fascistas locales o la implantación de medidas políticas de tipo fascista era menos decisivo que el control militar alemán.
En Italia, frustrada en sus ambiciones irredentistas por el Tratado de Versalles, el descontento fue encauzado por el movimiento de los camisas negras de Mussolini (un antiguo socialista, que había evolucionado hacia un discurso antiliberal, anticomunista, ultranacionalista, irracionalista y exaltador de la violencia) contra cualquier movimiento prerrevolucionario o simplemente huelguístico o reivindicativo de los partidos y sindicatos de izquierda. Con la marcha sobre Roma (1922) consiguió que el rey le diera el gobierno fuera de las vías parlamentarias, e inició una dictadura de facto. Planteaba la superación de las divisiones políticas con un partido único y la lucha de clases mediante una política económica corporativista. Consiguió el reconocimiento mutuo con el Papa en los Pactos de Letrán. La necesidad de expansión exterior le llevó a aventuras coloniales en Etiopía y Albania, que le pusieron en dificultades en la Sociedad de Naciones.
Alemania, tras la revolución espartaquista, había experimentado la construcción de un estado social de derecho con la República de Weimar, pero la inestabilidad económica y social no permitió su consolidación. La radicalización de las posturas más extremistas, enfrentadas violentamente, condujo a la temerosa y empobrecida clase media a optar por la solución más opuesta a la revolución comunista.
Tras un frustrado golpe de estado (Putsch de Múnich, 1923) y su paso por la cárcel, donde desarrolló su programa en Mein Kampf, Adolf Hitler consiguió llegar al poder por vía electoral (1933), al tiempo que el partido nazi, inicialmente un partido minoritario caracterizado por sus enfrentamientos en la lucha callejera contra grupos izquierdistas, iba ocupando cada vez más espacios públicos y privados, restringiendo las libertades y aniquilando toda oposición o manifestación de pluralismo (incluido el de sus propias filas -noche de los cuchillos largos-). El objetivo de la propaganda nazi, eficazmente utilizada por Goebbels (repite mil veces una mentira y acabará convirtiéndose en verdad), se centró obsesivamente en responsabilizar a los judíos de todos los males de la gente común, que acabó convenciéndose de pertenecer al grupo de verdaderos alemanes, los de raza aria, cuyos intereses particulares debían supeditarse a la grandeza de Alemania. Tal grandeza debía recuperarse con la expansión a través de un espacio vital que incluía no solo las dispersas zonas habitadas por gentes de habla alemana, sino la Europa oriental habitada por los eslavos, presentados como otra raza inferior.

La política de apaciguamiento que Francia e Inglaterra mantuvieron hasta los acuerdos de Múnich permitieron a Hitler cumplir la parte inicial de su programa expansivo y rearmar una Gran Alemania, convertida en el Tercer Reich.

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