La
crisis de 1973, desencadenada por la utilización del petróleo como arma política por la
OPEP en el
conflicto árabe-israelí, significó el comienzo de un ciclo de dificultades económicas para los países occidentales (la denominada
stagflación:
inflación simultánea a un estancamiento de la producción, con altas cifras de
desempleo), que se agravaron en los primeros años ochenta. El
keynesianismo, paradigma económico dominante desde la Gran Depresión, pasó a ser cuestionado por alternativas
neoliberales (
Milton Friedman y la
escuela de Chicago),
que planteaban como solución la reducción del papel del estado en la
economía y la recuperación del papel prioritario de la iniciativa
privada y del mercado libre sin interferencias ni planificación.
La revolución industrial había entrado en
una tercera fase o
revolución científico-técnica. Aunque el
petróleo siguió siendo la fuente de energía dominante, la crisis (una
crisis energética recurrente que se manifestaba según la coyuntura política, como demostró en 1980 la
Guerra Irán-Irak y en 1990 la
Guerra del Golfo) evidenció la necesidad de sustituirla por
fuentes de energía alternativas, unas
renovables y otras no renovables, como la
energía nuclear (muy rechazada por el
movimiento ecologista,
que algunos países desarrollaron intensivamente para conseguir el
autoabastecimiento energético -Francia-). Para otros, el encarecimiento
del petróleo tuvo como efecto la posibilidad de explotación de reservas
hasta entonces antieconómicas (plataformas marinas del Mar del Norte
para Reino Unido y Noruega).
Las estructuras industriales más obsoletas, especialmente las más intensivas en mano de obra, sufrían un proceso de
deslocalización hacia lo que por entonces se llamaba
países en vías de desarrollo y a finales de siglo se llamarán
nuevos países industriales, mientras que los antiguos
países industrializados avanzan en un proceso de
terciarización, en el que cada vez tenían más peso la aplicación de nuevas tecnologías basadas en las
telecomunicaciones, la
informática, la
robótica y la denominada
economía del conocimiento.
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