La tendencia se revirtió con la revolución de los claveles portuguesa (1974), en la que el ejército colonial, enfrentado a la inutilidad de su sacrificio en Angola y Mozambique, dio paso a un régimen multipartidista que, tras unos primeros años de agitación social, se encauzó como una democracia equiparable a las europeas. La transición española a partir de la muerte de Franco, sucedido por Juan Carlos I (1975), tuvo un recorrido más estable pilotado por el centrismo de Adolfo Suárez (1976-1981). También en Grecia se produjo la restauración democrática (1974). En los tres casos, la incorporación al Mercado Común Europeo sancionó la consolidación de la democracia.
En cuanto a Turquía, involucrada en la guerra civil de Chipre que estalló tras el golpe de estado contra el Gobierno de Makarios (1974), el predominio de los militares en la vida pública siguió siendo decisivo. Los regímenes del Mediterráneo árabe (de Siria a Marruecos) tampoco se vieron afectados por transformaciones políticas decisivas, variando su grado de alineación o enemistad con Occidente o la retórica panarabista o árabe socialista, pero desde sistemas esencialmente autoritarios.
En el Cono Sur americano se produjo un recurso generalizado al autoritarismo para evitar la posibilidad del establecimiento de gobiernos izquierdistas como el chileno de Allende, contrarios a los intereses de las clases dominantes y de los Estados Unidos (que apoyó los golpes de estado e incluso formaba teóricamente a sus protagonistas en la Escuela de las Américas). A los regímenes militares ya existentes (el paraguayo desde 1954 y el brasileño desde 1964) se sumaron la dictadura cívico-militar en Uruguay (1973-1985), la de Pinochet en Chile (1973-1990) y la junta militar argentina (1976-1983).
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