Las nuevas naciones, aunque económica y socialmente subdesarrolladas,
representaban a la mayor parte de la población de la Tierra, y su gran
número las permitía controlar la
Asamblea General de las Naciones Unidas (órgano en realidad poco decisivo). La
Conferencia de Bandung (1955) intentó articular al margen de la voluntad de las superpotencias a los
países no alineados o
Tercer Mundo, expresión con la que se les quería comparar con el papel revolucionario del
Tercer Estado en 1789 y que terminó siendo equivalente a la de
países pobres o
subdesarrollados. A los países asiáticos y africanos que originalmente formaron parte del movimiento se les vinieron a sumar los países de
América Latina e incluso algunos europeos: la comunista
Yugoslavia (cuyo líder
Josip Broz Tito se había desvinculado del bloque soviético en la experimentación del denominado
socialismo autogestionario) y la capitalista
Suecia (tradicionalmente neutral y muy desarrollada económicamente).
Con fines de integración regional, se fundaron la
Organización para la Unidad Africana (1963) o el
Pacto Andino (1967).
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