Estas novedades no siempre fueron bien acogidas. La sustitución del
trabajo humano por máquinas condenaba a los trabajadores de la artesanía
tradicional al
desempleo
si no se adaptaban a las nuevas condiciones laborales o la pérdida del
control del proceso productivo si lo hacían. La resistencia contra ello
condujo en algunos casos a la destrucción física de las nuevas
industrias mecanizadas (
ludismo). Los nuevos
empresarios, liberados de las restricciones
gremiales,
consiguieron la ilegalización de cualquier forma de asociación de
defensa de los intereses laborales, dejando únicamente en el
contrato individual y el mercado libre la
negociación
de las condiciones de trabajo y salario. Simétricamente, tampoco se
consentía la asociación de empresarios, por atentar contra el principio
de
libre competencia, fuente de toda prosperidad según el triunfante
liberalismo económico de
Adam Smith (
La riqueza de las naciones,
1776). El debate historiográfico sobre si la industrialización fue un
proceso más o menos perjudicial para las condiciones de vida de las
clases bajas ha sido uno de los más activos, y no está resuelto.
No disminuyeron los puestos de trabajo, por el contrario, aumentaron,
haciendo necesaria la llegada a los masificados barrios obreros del
norte de Inglaterra (
Mánchester,
Liverpool) de masas de emigrantes del campo (de donde eran expulsados por las
poor laws -leyes de pobres- y las
enclosures
-cercamientos-). Por el contrario, la liberalización del precio de los
alimentos básicos tuvo que esperar a mediados del siglo XIX para la
abolición de las
Corn Laws (leyes de granos, vigentes entre
1815 y
1846) que defendían los intereses
proteccionistas de los terratenientes británicos, desproporcionadamente representados en el
Parlamento y combatidos por el
grupo de presión del
capitalismo manchesteriano. La rebaja en el nivel salarial (que
David Ricardo justificó como expresión de una necesidad económica, la
ley de bronce), los horarios prolongados en trabajos insalubres y la degradación social generalizada, condujeron al
pauperismo (las durísimas condiciones sociales fueron retratadas en las novelas de la época, como
Los miserables de
Víctor Hugo, o
Oliver Twist de
Charles Dickens); al tiempo que también creaban las condiciones (
objetivas en terminología marxista) para el surgimiento de una
conciencia de clase y el inicio del
movimiento obrero. También tuvieron expresión política en las revoluciones de 1830 y 1848,
burguesas en su calificación social, pero con un fuerte protagonismo obrero, en particular en Francia; así como el
cartismo inglés.
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