En ese contexto se inició la carrera de
Napoleón Bonaparte,
un militar proveniente de una oscura familia de provincias que nunca
hubiera conseguido ascender en el ejército de la monarquía, y que se
convirtió en un héroe popular por sus campañas
en Italia y
en Egipto y Siria. En
1799 se sumó a un nuevo golpe de estado que derribó al
Directorio e instauró el
Consulado, del que fue nombrado
primer cónsul para, en
1804, proclamarse
Emperador de los franceses (no
de Francia,
en una sutil diferenciación con el régimen monárquico que pretendía
mantener los ideales republicanos y de la revolución). En sus años en el
poder (hasta 1814, y luego el breve periodo de
los cien días de 1815), Napoleón consiguió dejar un extenso legado. Consciente de que no podía retomar el Derecho del
Antiguo Régimen,
pero sumergido en el marasmo de la atropellada y caótica legislación
revolucionaria, dio la orden de compendiar todo ese legado jurídico en
cuerpos legales manejables. Nació así el
Código Civil de Francia o
Código Napoleónico,
inspiración para todos los demás estados liberales, y que contribuyó a
propagar la Revolución en cuanto superestructura jurídica que expresaba
la sociedad burguesa-capitalista. Le siguieron después un
Código de Comercio, un
Código Penal y un
Código de Instrucción Criminal, este último antecedente del
derecho procesal
moderno. Emprendió una serie de reformas administrativas y tributarias,
que eliminaron privilegios y fueros territoriales a favor de una nación
unitaria y centralizada, que concebía como un
Estado de Derecho (en sus propias palabras:
el hombre más poderoso de Francia es el juez de instrucción). Para sustituir a la antigua nobleza creó la
Legión de Honor,
la más alta distinción del Estado, que reconocía no el privilegio de
cuna o la riqueza, sino el mérito personal. Su círculo de confianza,
compuesto por parientes como sus hermanos
José o
Jerónimo, y generales como
Murat o
Bernardotte, terminaron ocupando tronos europeos. Frente a la
descristianización emprendida en el Terror, aprovechó la sumisión del
papado para la firma de un
Concordato
que ponía el clero bajo control estatal, pero garantizaba la
continuidad del catolicismo como religión de Francia, pretendiendo
simbolizar con ello la
reconciliación de los franceses.
El régimen político, jurídico e institucional napoleónico, reconducción
en un sentido autoritario de los ideales revolucionarios de 1789, se
transformó en modelo para muchos otros por todo el mundo.
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