En los años finales del
siglo XVIII y los primeros del
siglo XIX se derrumba el
Antiguo Régimen de una forma que fue percibida por los contemporáneos como una aceleración del
ritmo temporal de la historia,
que trajo cambios trascendentales conseguidos tras vencer de forma
violenta la oposición de las fuerzas interesadas en mantener el pasado:
todos ellos requisitos para poder hablar de una
revolución, y de lo que para
Eric Hobsbawm es
La Era de la Revolución. Suele hablarse de tres planos en el mismo proceso revolucionario: el económico, caracterizado por el triunfo del
capitalismo industrial que supera la fase
mercantilista y acaba con el predominio del sector primario (
Revolución industrial); el social, caracterizado por el triunfo de la
burguesía
y su concepto de sociedad de clases basada en el mérito y la ética del
trabajo, frente a la sociedad estamental dominada por los privilegiados
desde el nacimiento (
Revolución burguesa); y el político e ideológico, por el que se sustituyen las
monarquías absolutas por sistemas representativos, con constituciones, parlamentos y división de poderes, justificados por la ideología
liberal (
Revolución liberal).
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