La libertad, como medio, el orden como base, y el progreso como fin.Después de su proceso de emancipación, las jóvenes repúblicas de Latinoamérica debieron afrontar la tarea de darse una organización propia, fracasados los grandes proyectos panamericanos (la Gran Colombia, la Confederación Perú-Boliviana). En lo político, el sello común fue la oscilación entre la inestabilidad política y el autoritarismo. En algunos casos, a imitación del Imperio napoleónico, se dieron una forma política imperial, caso del Imperio del Brasil (1822-1888) o del Imperio mexicano (1821-1823). En otros, prolongadas dictaduras, como las de Juan Manuel de Rosas en Argentina o el Mariscal de Santa Anna en México. Hubo densas guerras civiles en las que se ventilaron intereses políticos locales, como la que se libró entre el federalismo de las provincias argentinas y el centralismo de Buenos Aires; o las continuas rebeliones de Concepción contra Santiago de Chile. La República de Chile se consolidó tempranamente con una gran estabilidad política, pero al precio de consolidar bajo Diego Portales una constitución (la de 1833) de carácter fuertemente autoritario, en una especie de régimen monárquico disfrazado. Numerosas guerras tuvieron carácter territorial, alterando el trazado fronterizo entre las nuevas naciones, como la Guerra del Pacífico (Perú y Bolivia contra Chile, 1879-1884) y la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay -que acabó prácticamente desprovisto de su población masculina adulta-, 1864-1870).
A pesar de la enfática declaración de la doctrina Monroe (que los Estados Unidos no estuvieron en condiciones de sostener eficazmente hasta finales del siglo XIX) hubo intentos de reconstruir la presencia imperialista europea en el continente americano. En 1865 España envió una expedición naval contra Chile y Perú (también llamada Guerra del Pacífico), mientras que en 1864, y bajo pretexto de cobrarse la deuda externa de México, fue Francia la que realizó una intervención militar que impuso la entronización de un Emperador títere (Maximiliano de Austria, 1864-1867). El expansionismo estadounidense frente a México ya había significado la anexión de todo sus territorios septentrionales (Texas, Nuevo México y California). Cuando los Estados Unidos estuvieron en posición de intervenir más al sur con base en su presencia en Cuba y Puerto Rico (a partir de 1898, guerra hispano-estadounidense), se convirtieron ellos mismos en la principal potencia imperialista del continente: imposición a Colombia de la separación de Panamá por Theodore Roosevelt, 1903; intervención en Nicaragua desde 1909, contra la que se levantó Augusto Sandino; apoyo a las actividades de la United Fruit Company en las denominadas repúblicas bananeras, etc.
La poderosa oligarquía de comerciantes y hacendados desarrolló una imagen de sí misma como élite ilustrada y europeizada. Fue en el siglo XIX, y no en la época colonial anterior, cuando se produjeron: la más decisiva expansión del idioma español en América (Andrés Bello); y el control sobre los indígenas que habitaban territorios que el Imperio español apenas nominalmente pretendía poseer (como el sur de Argentina). Esa élite, en las grandes naciones sudamericanas, también intentó llevar a cabo la industrialización, atrayendo para ello las inversiones de capitales procedentes de Europa, sobre todo de Inglaterra, verdadera potencia neocolonial durante todo el siglo XIX. El protagonismo exterior perpetuó la dependencia económica y la inclusión de la región en la división internacional del trabajo como productora de materias primas y mercado importador de productos manufacturados. Lo limitado del progreso económico no impidió la importación de los problemas de la era industrial, creando también en Latinoamérica una cuestión social que en su caso se agudizaba por la multietnicidad latinoamericana (europea, indígena y africana).
En la segunda mitad del siglo XIX, la literatura latinoamericana se ciñó a los experimentos derivados del realismo europeo, y a inicios del XX, a los de las vanguardias. La reivindicación indigenista llegaría más adelante, asociándose con la izquierda política. El movimiento intelectual dominante fue el positivismo, la corriente filosófica con influencia más trascendente en la región tras la escolástica hispana colonial, y que en términos políticos fue más decisiva que el propio liberalismo (Melchor Ocampo, Faustino Sarmiento, etc.).
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