La expansión geográfica se llevó a cabo, o se intentó llevar a cabo,
al menos, en varias direcciones, siguiendo no tanto un propósito
determinado por concepciones nacionalistas inexistentes en la época,
sino la dinámica propia de las casas feudales. Los
normandos,
vikingos asentados en
Normandía,
dieron origen a una de las casas feudales más expansivas de Europa, que
se extendió por Francia, Inglaterra e Italia, enlazada con las de
Anjou-Plantagenet y
Aquitania. Las casas de
Navarra y
Castilla (
dinastía Jimena),
Francia,
Borgoña y
Flandes (
Capetos,
Casa de Borgoña -extendida por la Península Ibérica-,
Valois) y
Austria (
casa de Habsburgo)
son otros buenos ejemplos, y todas ellas se vieron vinculadas por
alianzas, enlaces matrimoniales y enfrentamientos sucesorios o
territoriales, consustanciales a las relaciones feudo-vasalláticas y
expresión de la violencia inherente al feudalismo. En el contexto espacial de la Europa Nórdica y Centro-Oriental tuvieron un desarrollo similar la
Casa de Sweyn Estridsson danesa, la
Bjälbo noruega y
los Sverker y Erik suecos; y más tarde la
Dinastía Jogalia o Jagellón (
Hungría,
Bohemia,
Polonia y
Lituania).
En
España, simultáneamente a la disolución del
Califato de Córdoba (en guerra civil desde el 1010 y extinguido el 1031), se creó un vacío de poder que los reinos feudales cristianohispánicos de
Castilla,
León,
Navarra,
Portugal y
Aragón (fusionado dinásticamente con el
condado de Barcelona) intentaron aprovechar, expandiéndose frente a los
reinos de taifas musulmanes en la llamada
Reconquista. En las
Islas Británicas, el reino de
Inglaterra intentó repetidas veces invadir a
Gales,
Escocia e
Irlanda, con mayor o menor éxito.
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