La división entre Oriente y Occidente fue, además de una estrategia
política (inicialmente de Diocleciano -286- y hecha definitiva con
Teodosio -395-), un reconocimiento de la diferencia esencial entre ambas
mitades del Imperio. Oriente, en sí mismo muy diverso (
Tracia -
Península Balcánica-,
Asia -
Anatolia,
Cáucaso,
Siria,
Palestina y la frontera mesopotámica con los persas- y
Egipto), era la parte más urbanizada y con economía más dinámica y comercial, frente a un Occidente en vías de
feudalización,
ruralizado, con una vida urbana en decadencia, mano de obra esclava
cada vez más escasa y la aristocracia cada vez más ajena a las
estructuras del poder imperial y recluida en sus lujosas
villae autosuficientes, cultivadas por colonos en régimen similar a la servidumbre. La
lingua franca en Oriente era el
griego, frente al
latín de Occidente. En la implantación de la jerarquía cristiana, Oriente disponía de todos los
patriarcados de la
Pentarquía menos el de Roma (
Alejandría,
Antioquía y
Constantinopla, a los que se añadió
Jerusalén tras el
concilio de Calcedonia de 451); incluso la primacía romana (sede pontificia o
cátedra de San Pedro) era un hecho discutido.
Mosaico bizantino con el tema de la
Theotokos (María como Madre de Dios). Los
nimbos representan la santidad (el del
Niño Jesús, cruciforme, la divinidad y el
sacrificio de la
Cruz). El fondo dorado representa la eternidad celeste, además de cumplir con el
horror vacui
propio del estilo. Todos sus rasgos: el cromatismo, la frontalidad y la
linealidad (bordes nítidos, marcado de los pliegues), además de influir
grandemente en el
románico de Europa Occidental, se reprodujeron y continuaron, estereotipados, en los
iconos religiosos de épocas posteriores en toda Europa Oriental.
La supervivencia de Roma en Oriente no dependía de la suerte de
Occidente, mientras que lo contrario sí: de hecho, los emperadores
orientales optaron por sacrificar la ciudad de
Rómulo y Remo
-que ya ni siquiera era la capital occidental- cuando lo consideraron
conveniente, abandonándola a su suerte o incluso desplazando hacia ella a
los bárbaros más agresivos, lo que precipitó su caída.
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