jueves, 24 de octubre de 2013

El año mil


El legendario año mil, final del primer milenio, que se utiliza convencionalmente para el paso de la Alta a la Baja Edad Media, en realidad tan solo es una cifra redonda para el cómputo de la era cristiana, que no era de universal utilización: los musulmanes utilizaban su propio calendario islámico lunar que comienza en la Hégira (622); en algunas partes de la Cristiandad se utilizaban eras locales (como la era hispánica, que cuenta desde el 38 a. C.). Pero ciertamente, el milenarismo y los pronósticos del final de los tiempos estaban presentes; incluso el propio papa durante el cambio de milenio Silvestre II, el francés Gerberto de Aurillac, interesado en todo tipo de conocimientos, se ganó una reputación esotérica. La astrología siempre pudo encontrar fenómenos celestes extraordinarios en los que apoyar su prestigio (como los eclipses), pero ciertamente otros eventos de la época estuvieron entre los más espectaculares de la historia: el cometa Halley, que se acerca a la Tierra periódicamente cada ocho décadas, alcanzó su brillo máximo en la visita de 837, despidió el primer milenio en 989 y llegó a tiempo de la batalla de Hastings en 1066; mucho más visibles aún, las supernovas SN 1006 y SN 1054, que reciben el número del año en que se registraron, fueron más detalladamente reflejadas en fuentes chinas, árabes e incluso indoamericanas que en las escasas europeas (a pesar de que la de 1054 coincidió con la batalla de Atapuerca).

Todo el siglo X, más bien por las condiciones reales que por las imaginarias, puede considerarse parte de una época oscura, pesimista, insegura y presidida por el miedo a todo tipo de peligros, reales e imaginarios, naturales y sobrenaturales: miedo al mar, miedo al bosque, miedo a las brujas y los demonios y a todo lo que, sin entrar dentro de lo sobrenatural cristiano, quedaba relegado a lo inexplicable y al concepto de lo maravilloso, atribuido a seres de dudosa o quizá posible existencia (dragones, duendes, hadas, unicornios). El hecho no tenía nada de único: mil años más tarde, el siglo XX hizo nacer miedos comparables: al holocausto nuclear, al cambio climático (versiones contemporáneas del fin del mundo); al comunismo (la caza de brujas con la que se identificó al macarthismo), a la libertad (Miedo a la Libertad es la base del fascismo en la interpretación de Erich Fromm), comparación que ha sido puesta de manifiesto por los historiadores e interpretada por los sociólogos (Sociedad del riesgo de Ulrich Beck).
La Edad Media cree firmemente que todas las cosas en el universo tienen un significado sobrenatural, y que el mundo es como un libro escrito por la mano de Dios. Todos los animales tienen un significado moral o místico, al igual que todas las piedras y todas las hierbas (y esto es lo que explican los bestiarios, los lapidarios y los herbarios). Se llega así a atribuir significados positivos o negativos también a los colores... Para el simbolismo medieval una cosa puede tener incluso dos significados opuestos según el contexto en el que se contempla (de ahí que el león a veces simbolice a Jesucristo y a veces al demonio).

La coyuntura del año mil

En la coyuntura histórica del año mil, las estructuras políticas más fuertes del periodo anterior se estaban demostrando muy débiles: el Islam se descompuso en califatos (Bagdad, El Cairo y Córdoba), que para el año 1000 se estaban demostrando incapaces de contener a los reinos cristianos en la península Ibérica (fracaso final de Almanzor) y al Imperio bizantino en el Mediterráneo Oriental. También sufre la expansión bizantina el Imperio Búlgaro, que queda destruido. Los particularismos nacionales francés, polaco y húngaro dibujan fronteras protonacionales que, curiosamente, son muy similares a las del año 2000. En cambio, el Imperio carolingio se había disuelto en principados feudales ingobernables, que los Otónidas se proponían incluir en una segunda Restauratio Imperii (Otón I, en el 962), esta vez sobre bases germanas.

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