La propia Unión Soviética se encaminaba hacia su disolución, quedando
cada vez más claro que los nuevos espacios de visualización de la
disidencia soviética (simbolizada en
Andréi Sájarov)
no funcionaban como un apoyo de la reforma del sistema, sino como una
fuerza disolvente, sobre todo los de las repúblicas soviéticas no rusas;
mientras que los partidarios de una vuelta a las prácticas
estalinistas. En agosto de 1991,
durante un golpe de estado promovido contra Gorbachov, un reformista radical,
Borís Yeltsin, consiguió hacerse con el poder y promovió un hondo proceso de reformas liberales, incluyendo la disolución del
Partido Comunista de la Unión Soviética. Las
repúblicas bálticas
ya habían conseguido la independencia de hecho; las demás se
apresuraron a declararse independientes, pasando varias de ellas a
constituirse en precarias
superpotencias nucleares. El régimen
comunista terminó así de desplomarse en medio de un caos económico en
que la gran mayoría de la población caía en la pobreza y las propiedades
y empresas socializadas o construidas desde la Revolución se
privatizaban (cada ciudadano recibió una especie de
bono que podía vender en el mercado libre), mientras los antiguos dirigentes de la
nomenklatura y el
KGB formaban grupos económicos formales o informales (algunos incluso delictivos, la denominada
mafia rusa) que se afianzaron con el control económico y político de la nueva Rusia, cuyo nombre institucional pasó a ser
Federación de Rusia.
Muchos otros rasgos del pasado zarista que el comunismo se había
jactado de eliminar, como el nacionalismo y la religión ortodoxa,
volvieron a desarrollarse.
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