Notas de Dovstoievski para el capítulo 5 de Los hermanos Karamazov, donde aparece su famosa frase: Si Dios no existe, todo está permitido.
Gott ist totEn el siglo XVIII, la Iglesia Católica había combatido fuertemente a la Ilustración, censurando la Enciclopedia, la totalidad de la obra de Voltaire y otras que se incluyeron en el Index Librorum Prohibitorum (índice de libros prohibidos). La relación con la Revolución francesa fue aún más violenta. En el siglo XIX, el catolicismo se significó como fuerza conservadora (ultramontana), condenando el liberalismo, el racionalismo y otras doctrinas y usos del mundo contemporáneo, del que mostraba distante, proponiéndose como su alternativa mediante el mantenimiento de la tradición. Se definieron como dogma de fe las doctrinas de la infalibilidad del Papa (Concilio Vaticano I, 1869) y la Inmaculada Concepción (1854). La opción por la fe y los milagros quedó manifiesta con el apoyo vaticano a las apariciones de la Virgen de Lourdes (1858, aprobadas en 1862).
Dios ha muerto.
Los nuevos descubrimientos científicos que parecían contradecir a las Sagradas Escrituras, como la teoría darwinista (El origen de las especies, 1859; El origen del hombre, 1871), tuvieron gran repercusión, y en este caso fueron mucho más combatidos en el ámbito religioso anglicano y protestante que en el católico; donde no hubo pronunciamiento oficial alguno, e incluso en algunos casos permitió explorar las perspectivas que abrían, aunque no sin problemas (caso del jesuita Teilhard de Chardin). Otro caso de ambigua relación entre ciencia y fe fue la polémica sobre la generación espontánea, paradigma biológico de lo que científicos católicos como Pasteur consideraban como ciencia orientada a la justificación del agnosticismo y cuestionaron con éxito.
En los países católicos del sur de Europa, la desamortización (1836, en España) privó del poder económico a la Iglesia. El movimiento nacionalista italiano finalmente consiguió que los Estados Pontificios desaparecieran para formar parte de una Italia unificada (1870). En Alemania, el Papa estimuló el duro enfrentamiento de los católicos del sur (organizados políticamente en el Zentrum) contra la Kulturkampf dirigida por el prusiano Otto von Bismarck. En Francia, la polarización de la opinión pública en los temas de la separación Iglesia-Estado (ley de 1905) y el antisemitismo del Caso Dreyfus (1894-1906) llevó a una parte considerable de grupos católicos a convertirse en fuerzas de extrema derecha (Action française).
Movimientos religiosos disidentes, muchos de ellos vehículos del activismo social o de la identificación grupal, (metodismo, cuáqueros, mormones, etc.) se extendieron por la cristiandad protestante, cuya unidad nunca había sido monolítica, pero cuyas confesiones mayoritarias se habían institucionalizado como iglesias nacionales identificadas con el poder político y las clases dominantes (episcopalianismo).
En la cristiandad ortodoxa, especialmente en Rusia, también sometida a las dudas de fe de los intelectuales (Dostoyevski) y a la difusión entre el pueblo del anticlericalismo del movimiento obrero, los movimientos místicos y milenaristas de antiguo origen (viejos creyentes, jlystý) mantenían su capacidad de movilización popular frente a la mayoritaria Iglesia oficial controlada por el zar, y en alguna ocasión produjeron fenómenos de gran repercusión (Rasputín).
Aunque el siglo XIX marcó uno de los momentos más débiles del papado, la causa de la religión católica estaba muy lejos de haber sido derrotada, y lo mismo puede decirse de las distintas confesiones protestantes, que también se enfrentaban a los desafíos del materialismo dominante en la sociedad industrial. Más allá de una minoría intelectual de entre los profesionales liberales o de los obreros con conciencia de clase, la gran mayoría de la sociedad, desde las clases dirigentes hasta las clases bajas, pasando por las clases medias, estaban muy lejos de considerarse ateas. Un ingrediente clave de la moral victoriana fue su sustrato religioso, imprescindible para la cohesión social, extremo del que era consciente el propio Marx, autor de la expresión opio del pueblo con la que motejaba a la religión. Incluso se ha argumentado que la religión, como fuerza conservadora, cumplía un papel que vital en la resistencia a la gran transformación que supuso la embestida del mercado contra las instituciones tradicionales. No solo las tradicionales instituciones de caridad, sino la organización del sindicalismo católico y la doctrina social de la Iglesia (Rerum novarum, 1891) se presentaron como una alternativa tanto al capitalismo liberal como al movimiento obrero revolucionario.
Incluso la expansión imperialista europea se justificaba como una manera de llevar la civilización a los salvajes, prolongación de la empresa evangelizadora y similar al utilizado por los justos títulos del dominio español en América. Tal argumento se empleaba en sentido contrario desde la resistencia al envío de reclutas a Marruecos durante la Semana Trágica de Barcelona, que degeneró en quema de iglesias por el fuerte carácter anticlerical del movimiento (1909):
Contra el envío a la guerra de ciudadanos útiles a la producción y, en general, indiferentes al triunfo de la cruz sobre la media luna, cuando se podrían formar regimientos de curas y de frailes que, además de estar interesados en el éxito de la religión católica, no tienen familia, ni hogar, ni son de utilidad alguna al país.
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