viernes, 25 de octubre de 2013

De la revolución Meiji al militarismo japonés


La posibilidad de que una civilización ajena al cristianismo y étnicamente no europea se desarrollara había sido demostrada por la historia contemporánea de Japón desde la llamada Revolución Meiji. El Shogunato Tokugawa había sido derrocado en 1868, y a partir de la Era Meiji los sucesivos emperadores impulsaron una profunda occidentalización, que para 1905 había conseguido sobrepasar en eficacia al Imperio ruso (guerra ruso-japonesa). En la Primera Guerra Mundial rentabilizaron su postura a favor de la Triple Entente apoderándose de varias colonias alemanas en el Pacífico que retuvieron después del conflicto. A pesar de la experimentación de mecanismos propios del liberalismo democrático (durante la Era Taisho, 1912-1926), la vida política, social y económica estaba dominada por el denominado militarismo japonés, con unas fuerzas armadas construidas desde finales del siglo XIX bajo el modelo prusiano. El expansionismo japonés se proyectó en China, no limitándose a las concesiones puntuales que habían caracerizado la presencia occidental, sino mediante una presencia militar masiva y conquistas territoriales, que desde Manchuria se extendieron al sur por China oriental (guerras chino-japonesas, la primera en 1894-95 y la segunda desde 1937, ya en la Era Shōwa). La pretensión de desplazar a los blancos (ingleses, franceses, holandeses y estadounidenses) como colonizadores de Asia se llegó a desarrollar ideológicamente, en una pretensión que parecía sólidamente cimentada en un crecimiento económico solo limitado por la escasez de materias primas que caracterizaba al suelo japonés. La necesidad de ese espacio vital (en terminología nazi) empujó a Japón a la alianza con Alemania y le conduciría a la Segunda Guerra Mundial en un escenario inédito en la historia bélica: la Guerra del Pacífico (1937-1945). La responsabilidad en la política japonesa de un complejo entramado de intereses políticos, industriales y militares, encabezado por el general Hideki Tōjō, diluyó la del propio emperador Hiro Hito lo que permitió la continuidad de este en el trono tras la ocupación estadounidense (que le consideraba clave para el mantenimiento de la cohesión social japonesa) hasta su muerte en 1989.

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