La posibilidad de que una civilización ajena al cristianismo y
étnicamente no europea se desarrollara había sido demostrada por la
historia contemporánea de
Japón desde la llamada
Revolución Meiji. El
Shogunato Tokugawa había sido derrocado en 1868, y a partir de la
Era Meiji
los sucesivos emperadores impulsaron una profunda occidentalización,
que para 1905 había conseguido sobrepasar en eficacia al Imperio ruso (
guerra ruso-japonesa).
En la Primera Guerra Mundial rentabilizaron su postura a favor de la
Triple Entente apoderándose de varias colonias alemanas en el Pacífico
que retuvieron después del conflicto. A pesar de la experimentación de
mecanismos propios del liberalismo democrático (durante la
Era Taisho, 1912-1926), la vida política, social y económica estaba dominada por el denominado
militarismo japonés,
con unas fuerzas armadas construidas desde finales del siglo XIX bajo
el modelo prusiano. El expansionismo japonés se proyectó en China, no
limitándose a las concesiones puntuales que habían caracerizado la
presencia occidental, sino mediante una presencia militar masiva y
conquistas territoriales, que desde
Manchuria se extendieron al sur por China oriental (guerras chino-japonesas, la
primera en 1894-95 y la
segunda desde 1937, ya en la
Era Shōwa). La pretensión de desplazar a los
blancos
(ingleses, franceses, holandeses y estadounidenses) como colonizadores
de Asia se llegó a desarrollar ideológicamente, en una pretensión que
parecía sólidamente cimentada en un crecimiento económico solo limitado
por la escasez de materias primas que caracterizaba al suelo japonés. La
necesidad de ese
espacio vital (en terminología nazi) empujó a
Japón a la alianza con Alemania y le conduciría a la Segunda Guerra
Mundial en un escenario inédito en la historia bélica: la
Guerra del Pacífico (1937-1945).
La responsabilidad en la política japonesa de un complejo entramado de
intereses políticos, industriales y militares, encabezado por el general
Hideki Tōjō, diluyó la del propio emperador
Hiro Hito
lo que permitió la continuidad de este en el trono tras la ocupación
estadounidense (que le consideraba clave para el mantenimiento de la
cohesión social japonesa) hasta su muerte en 1989.
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