Los siglos VII y VIII representaron para Bizancio una
edad oscura
similar a la de occidente, que incluyó también una fuerte ruralización y
feudalización en lo social y económico y una pérdida de prestigio y
control efectivo del poder central. A las causas internas se sumó la
renovación de la guerra con los persas, nada decisiva pero especialmente
extenuante, a la que siguió la invasión musulmana, que privó al Imperio
de las provincias más ricas: Egipto y Siria. No obstante, en el caso
bizantino, la disminución de la producción intelectual y artística
respondía además a los efectos particulares de la
querella iconoclasta, que no fue un simple debate teológico entre
iconoclastas e
iconódulos, sino un enfrentamiento interno desatado por el
patriarcado de Constantinopla, apoyado por el emperador
León III,
que pretendía acabar con la concentración de poder e influencia
política y religiosa de los poderosos monasterios y sus apoyos
territoriales (puede imaginarse su importancia viendo cómo ha
sobrevivido hasta la actualidad el
Monte Athos, fundado más de un siglo después, en
963).
No hay comentarios:
Publicar un comentario