Espada, cetro, orbe y corona (con su característica cruz inclinada) de San Esteban de Hungría, rey magiar convertido al cristianismo y coronado en diciembre del año 1000 por el papa Silvestre II, en un acto similar al que protagonizó Carlomagno
exactamente doscientos años antes, significando en este caso la
expansión del cristianismo occidental y las instituciones feudales por
la Europa centro-oriental.
Sin embargo, en los dos siglos siguientes al fatídico año mil el panorama había cambiado completamente: para la época de la Batalla de Navas de Tolosa (1212), habían sido incorporadas a la civilización europea toda Italia hasta Sicilia, la Gran Bretaña no inglesa (Escocia y Gales), Escandinavia (que se expandía por el Atlántico Norte hasta Groenlandia), buena parte de Europa Oriental (Polonia, Bohemia, Moravia y Hungría, quedando los pueblos eslavos de los Balcanes y Rusia en la órbita del cristianismo oriental e institucionalizando sus propios reinos) y media Península Ibérica (en el transcurso del siglo XIII lo sería toda excepto el tributario reino nazarí de Granada, quedando marcado definitivamente el predominio cristiano sobre el estrecho de Gibraltar con la batalla del Salado -1340-). Otros territorios periféricos (como Lituania o Irlanda) estaban sometidos a una presión militar cada vez mayor por parte de los reinos centrales de la cristiandad latina. Más allá de los límites de Europa Occidental, las incursiones militares de huestes latinas de muy variada composición habían puesto en sus manos lugares tan lejanos como Constantinopla y los ducados Atenas y de Neopatria o Jerusalén y los Estados Cruzados.
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